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Cómo confesar un sueño erótico
28.06.2011 | Por: Claudio Fernández

La mayoría de las veces los sueños eróticos son inconfesables, y no tanto por su estructura siempre anárquica en principio, sino más bien por la implicancia del deseo sexual que ellos implican.

 

En un sueño cualquiera uno puede decir sin pudor que soñó con el número cinco de Banfield o con la quiosquera de la otra cuadra sin el menor recato, alegando en ambos casos algún deseo superfluo, como el de ganarse la quiniela o el de cobrar la revancha de algún delantero lesionado. Pero cuando se trata de sueños eróticos, en donde principalmente es el deseo sexual el eje articulador de los múltiples elementos que configuran el texto y contexto de lo soñado, ahí se hace difícil confesar a boca de jaro: “soñé que tu hermana se metía en nuestra cama, y decí que era un sueño, porque estuvo a punto de chuparme la pija, y no sabés con que ganas me sonreía”.

 

Todos los sueños tienen datos, señas, personajes y escenas que jamás confesaremos, pero mal que mal nos animamos a contar el argumento, los actores principales, el final inesperado, la fragmentación de las secuencias, etc. No sé si sólo me pasa a mí, pero cuando tengo sueños eróticos las secuencias de las imágenes y el razonamiento de las sensaciones son muy parecidos a los de la vigilia. Lo peor de todos estos sueños felices es que se terminan en lo mejor, justo ahí cuando debería comenzar el placer, justo en ese límite final del deseo, ahí es cuando despertamos, emergemos desde el mundo onírico a la superficie de la aburrida vigilia que nos recibe con los ojos abiertos y el sol entrando por la ventana.

 

Después de que te hayas ido de viaje con tus tres mejores amigos de la infancia en una camioneta ranchera, cruzando un largo desierto plagado de medanos, y te encuentres en la mitad de una playa exótica y aparezca la socia de tu mujer vestida de azafata y te invite a comer a la casa de tu hermana, en donde no está tu hermana pero si uno de tus más despreciables vecinos, y por debajo de la mesa salga tu compañera de trabajo y sin entender bien porqué aparezcan los dos en una especie de burbuja inflable, y ella tenga el pelo más largo de lo común y sin dejar de ser ella te sugiera que te la cojas por el culo ahí mismo, sin más tapujos, y cuando ella ya se haya dado vuelta y el vestido de raso blanco desaparezca de repente para dejar al descubierto todo su hermoso culo, como un paraíso en donde habitan todos los goces que siempre imaginaste que en algún lugar deberían estar, justo ahí cuando estés a punto de clavar con alma y vida toda tu erguida humanidad, justo en ese momento sonará el despertador o estallará el llanto de tu bebé pidiendo que le cambies los pañales.

 

Al despertar esa mañana junto a tu pareja ya no serás el mismo, tendrás un secreto inconfesable que no te dejará tranquilo durante todo el día. Especialmente cuando aún te estés despabilando e intentes tomar el desayuno y suene el teléfono de tu casa y atienda tu mujer y te diga: “es Raquel, tu compañera de trabajo, dice que apenas llegues a la oficina no te olvides de terminar eso que te pidió, que vos ya sabés qué es”. Una gota de vergüenza cruzará tu rostro y tu culpabilidad será tan evidente que tu mujer querrá saber qué es eso “que tienen que terminar”, pero vos le dirás que no es nada, mientras tu imaginación no deja de reproducir en secuencias infinitas el culo desnudo de tu compañera de trabajo y tus ganas insoportables de cojertela por donde ella te lo estuvo pidiendo hasta hace un rato. Tu mujer se quedará sospechando algo, y no es para menos, en veinte minutos estarás con el objeto de tu deseo cara a cara. Te despedirás de tu espesa a las apuradas con un mustio beso sobre su mejilla, mientras el culo de tu compañera de trabajo sigue dando vueltas y vueltas en tu cabeza.

 

La decisión de irte en colectivo no te servirá de mucho para olvidar el sueño, a pesar de los empujones, la gente y su mal humor de la mañana. En la misteriosa intimidad que se consigue al viajar entre desconocidos querrás entupidamente volver a recrear parte por parte los fragmentos de tu encuentro erótico, pero será imposible, sólo te quedarán imágenes desperdigadas de algunas escenas. Todo terminará cuando llegues a la oficina y veas a tu compañera de trabajo con la misma cara de espanto de todos los días, el pelo recogido, sus anteojos de mojigata y su mal aliento característico, ahí recién estarás seguro que todo fue un hermoso y desvergonzado sueño.

 

 

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