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Detrás de un disfraz, hay un pasado oscuro.
12.07.2011 | Por: Srta. Dipietro

La vida está llena de paradigmas, de situaciones que nunca vamos a entender, de acontecimientos que crean un gigantesco signo de interrogación en el hemisferio derecho de nuestro cerebro. Suelo preguntarme cosas como: ¿de dónde venimos?, ¿desde cuándo comer una banana en la calle se había transformado en un acto impuro?, ¿por qué las personas sienten vergüenza al sonarse la nariz?, ¿por qué mierda cambiaron el  envoltorio de Rhodesia, quitándome recuerdos de la infancia? Y la más enigmática de todas: ¿qué esconden las personas tras un disfraz?

Recuerdo que era un 3 de abril el día que bajé tímidamente hasta la planta baja del edificio para buscar las cartitas de amor que Edemsa deja bimestralmente en mi buzón. Busco el compartimiento con el número diez y me encuentro con la boleta del gas, que desde hace dos años,milagrosamente está bonificada, revuelvo y veo en el fondo  un folleto de los Testigos de Jehová que destilaba amor hacia Dios en cada página. No me pregunten el por qué pero sin querer lo abrí y me encontré con lo más bizarro que me había pasado en años;  un papel blanco, con rastros de chocolate, pegado con pedazos de curitas justo debajo de una cita bíblica, informaba sobre una fiesta de disfraces, el lugar, la hora y el contenido de un mensaje que decía: “quiero sacar a mi lesbiana interna que reprimo desde hace años, o por qué no, interactuar con algún Batman en el baño también. Deje su respuesta en este lugar .Firma: Blanca Gila Villarreal”. Subí al departamento y busqué un casco de obrero que había olvidado mi sobrinito, tomé un delineador negro de ojos y escribí en el frente “Minero número 33”, pegué una toallita femenina con alas en el dorso con una nota que decía: “Sí, quiero, Sí voy. Condición: usted será minero por una noche”.

 

 Pensé en el disfraz, quería ser algo puro y elocuente por una puta vez en mi vida. Así fue como desempolvé la caja en la que venía la heladera, que había guardado para cubrirme del frío, el día que me desalojaran de mi hogar y tuviese que compartir el banco de una plaza con algún vagabundo, ex multimillonario que había perdido su fortuna en el casino y la transformé en una caja de leche larga vida. La pinté de blanco, la acorté un poco, le hice orificios para los brazos y le coloqué en la parte de la pechera, paralelamente a mis tetitas, una frase llena de optimismo y  valentía: “A la vida, mejor…échele leche”.

 

Nos fuimos, atravesamos la ciudad, yo siendo una caja de leche, la más pedorra de todos los tiempos, y ella transformada en un minero gracias al mameluco auspiciado por el mecánico del barrio y el casco que le había impuesto llegamos a la fiesta. Calidez despedían las paredes, olor a porro en el ambiente, azúcar impalpable en forma de líneas decoraban el lavamanos del baño, un mini casino en el fondo con rodajas de salamín picado fino como fichas de juego, galletitas de agua con mostaza  y sábanas sin ser lavadas desde el Mundial del 78, colgadas como guirnaldas en las paredes   le daban luz y vida al lugar. Mientras Blanca bebía fernet con Bardal e intentaba chamuyarse con poco disimulo a Rapunzel,  yo con mis pupilas dilatadas, el celular en las bragas,  y un sobre de jugo en polvo  en mi mano fui en búsqueda del rincón más cercano y ahí me quedé charlando con cuatro invitados, intentando entender el pasado oscuro que escondían y el mensaje entre líneas que siempre hay detrás de un disfraz.

 

Gatúbela, una ex católica.

 

Es las típica que fue a un colegio de monjas y sus padres no la dejaban salir ni a la esquina. La que iban a misa todos los domingos, la que escuchó de la boca de sus amigas, tan ñoñas como ella, que el amor era igual a tener mariposas en la panza hasta que un guacho pistola cualquiera  le lleno de almíbar y pororó el oído logrando desflorarle el pimpollo. Luego de este hecho, comprendió que esos calambres en la panza solo eran  producto de una intoxicación a causa de un pancho en mal estado, y que el amor en muchos casos, no existe.  Creó  una fundación para víctimas de padres represores que lograron arruinarle la vida a sus hijos mandándolos a colegios católicos. Hoy en día escucha a Luis Miguel mientras limpia su casa, es adicta al Merthiolate, la leche en polvo descremada y a las prendas negras, engomadas y ajustadas 

 

Jack Sparrow: un moderno descerebrado.

 

 Experiencias traumáticas a lo largo de su vida, como por ejemplo: subirse a una patineta y aterrizar con la jeta en una calle sin pavimento, matar la tortuga que tenía como mascota pisándola sin querer  y tomarse un trago de lavandina que su madre había colocado apropósito en la heladera para matarlo, y así no tener que pagarle la facultad ni comprarle regalos para su cumpleaños, hicieron que se transformara en un moderno. Es ese tipo de  personas que se coloca una batidora como piercing y se tatúan el envoltorio de una Bananita Dolca en la punta del pito para sentirse únicos e insuperables. Fóbico a cualquier producto de origen coreano, al color verde manzana y a los rastros de alimentos que puedan quedar en el plato luego de comer.  Un maldito conchudo que se disfraza de pirata solamente para meterse el loro por el orto, limpiarlo con el parche y subir un video de todo eso en You Tube.

 

La bella durmiente: una drogadicta de mentiritas.

 

Todo comenzó con una sobredosis de Aspirinetas cuando apenas tenía cinco años. A los seis, ya pedía discos de Iggy Pop para el día del niño y anfetaminas como recompensa por  haber salido bien en la escuela.  Soñaba con ser  Janis Joplin y mientras cantaba “Piece of my heart” jugaba a fundir  talco en una cuchara para luego inyectárselo con un portaminas. La cosa se puso dura, tan dura como lo estaba ella, cuando sus padres se dieron cuenta que en su habitación habían estratégicamente paquetitos con bicarbonato por todos lados,  y aunque ya habían olvidado, casi por completo, el temita del cigarrillo armado con un mapa Rivadavia y unos cuantos gramos de orégano decidieron internarla en una clínica de rehabilitación para futuros drogadictos. Dos años después  salió de sanatorio, lo primero que hizo fue correr hacia una disquería y comprar todos los discos de Los Ositos Cariñosos para recuperar su infancia. En la actualidad es alérgica a la marihuana y duerme como una conchuda esperando que Bob Dylan la despierte con un beso.

 

Hippie: (no hay descripción para este pelotudo)

 

Era un pendejo multimillonario común hasta que se enfermó de paperas y se le bajaron a los testículos dejándolo infértil.  Cansado de que sus amigos del country lo llamaran “rico de pito blando”, dejó su vida de lujos para recorrer Centro América con una mochila y su colección de gorras de los New York Yankees. A los veinticuatro probó el pastel de papas por primera vez y tuvo una hemorragia de asco y felicidad, medio año más tarde, en una noche de excesos, descontrol y polenta vencida, conoció a su actual esposa en un prostíbulo de Perú. Según fuentes oficiales pasó la frontera con la mina en la mochila y una tabla de planchar para hacerla laburar de empleada doméstica en la mansión de sus padres, hasta tomar el coraje suficiente para contarle a su progenitor que se había casado con una “negrita” que amaba chupar pito y comer ceviche al mismo tiempo. Obviamente sus padres lo desheredaron y le pegaron una patada en el culo a él y a la  peruana,  quedándose con la tabla de planchar por si les hacía falta para el asado del domingo. Ahora es el jefe de una banda que secuestra a cantantes de música reggae para cortarle las rastas  y luego venderlas en MercadoLibre o en las ferias de diseño

 

 

Blanca terminó su noche con Rapunzel , Batman y uno de los tres Chanchitos en un cuarto barato de hotel. Yo preferí  ahogar mis penas en un Mc Donald´s, analizar el queso demasiado amarillo, su carne adictiva y preguntarme…… ¿Qué mierda será lo que  esconde  una caja de leche larga vida?