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UN LARGO SUEÑO BORGEANO
Cuento: Vanessa Lerner | Ilustración: Pablo Pavezka

La Marga lo vio en la tele, lo escuchó en la radio, lo presintió desde que el Beto le dijo que se iba a llevar al pibe a Rosario. Nunca, nunca lo iba a perdonar.

El Beto no podia abrir los ojos. Lo intentaba pero no podía. Y tampoco su cuerpo le respondía. Un escalofrío lo despertó de golpe. El Andi. Gritó: ¡Andi, Andi! No recibió respuesta. Gritó más fuerte pero sólo oía quejidos, gritos, algo parecido a gente corriendo, sirenas de ambulancias o de la policía, no podía distinguir. ¡Andi, Andi! Aullaba como un loco porque no había forma de mover su cuerpo. No sentía las piernas y cuando quiso impulsarse con las manos, advirtió que tampoco le respondían los brazos. ¡Andi, Andi, Andi, la puta madre que los parió a todos, Andi, Andi! Alguien le contestó en un susurro: callate, pedazo de pelotudo, ¿no ves que esto es un quilombo? Cerrá el pico, callate o te callo yo. El Beto gemía, lloraba, su lamento era tan triste que la voz le dijo: esperá un ratito, ya lo busco al Andi ese. ¿Quién es?. Mi hijo, mi hijo, susurró mientras se le caían los mocos como cuando era chico y un grandote lo cagaba a piñas.

 

 

Cuando Andrés llegó al mundo, se originó la única pelea que sus padres tuvieron en 40 años de convivencia. Margarita se empecinó en que el primogénito se llamara Arnaldo (por el actor paraguayo), su ídolo de Piel Naranja, la famosa telenovela. El Beto se opuso terminantemente. Su hijo no podía llevar el nombre de un tipo de la tele, que encima le parecía dudoso. “Se le van a cagar todos de risa en el barrio, no, no y no”. “¿Y cómo lo van a llamar en la cancha? Che, pasámela Arnaldo, dejate de joder, no, no y no”. La Marga rumió días y días qué hacer con el asunto. Hasta que se le ocurrió una idea genial. Tenía que tranzar un poco, pero todos quedarían contentos, pensó. Si hasta el suegro la miraba de costado, con la ceja izquierda levantada. El Beto pensó que era lo mismo, un nombre sin peso varonil. Pero como con la Marga no se puede tirar mucho de la cuerda, aceptó, salvo que no fuera André sino Andrés. Negociaron horas y horas, hasta que llegaron a un acuerdo.

 

El Beto no lo previó, agotado ya de discutir y de dormir en el sillón, pero cuando escuchó a la tía Elina decirle “cuchito hemosho de la tiiiiia, el Andrecito, Ay, el Aaaandi, coshito pechocho”. Andi, Andi, ¡¡¡Andiiiiii!!! Estaban presentes las dos abuelas porque entre todas las mujeres de la familia estaban bañando al niño rosado que no paraba de gritar mientras ellas gemían, lloraban, se reían, en fin, hablaban todas juntas y se entendían, por supuesto. Todas festejaron la ocurrencia de la tía Elina y con ello llegó la aprobación tácita e inmediata del sobrenombre que el “polluelo” portaría por el resto de su vida.

 

¡La puta que lo parió!  El Beto se retorcía de bronca. “El pendejito pinta para defensor duro, impasable y estas mariconas le dicen Aaaandi”. No quiso pelear otra vez con su mujer porque sabía perfectamente que ni siquiera iba a poder decir ni a. “La Marga me va a mandar a la mierda, estoy seguro”. Entonces el Beto se propuso que por la fuerza, si era necesario, iba a convertir a ese bebé rechoncho en un futbolista de aquellos, a pesar del nombre y de las abuelas y de las tías. Aunque después vinieron tres hijas más, nunca perdió el rumbo. Compró rigurosamente y con mucho esfuerzo la número 5 y toda la pilcha de River. En el persa, trucha, pero qué importaba. Los botines eran otra cosa. Un asunto muy serio. Juntó peso sobre peso, bah, monedas de un peso, que guardaba en una botella de coca de 2 litros y medio a la que escondía en un rinconcito de la piecita del fondo del patio.

 

Cuando se apareció con toda la indumentaria, la Marga casi se cae de culo. Desde el primer momento en que vio toda esa ropa más los botines, lo único que pensó fue en cuánto se había gastado el Beto en semejante compra. Pensó en todo lo que se había privado él y de todo lo que le había privado a ella de tener. Pensó en rajarle una puteada para cien. Pero mujer al fin, le provocó ternura la cara, el gesto de su marido, que con esas manos llenas de callos, acarició la indumentaria con una suavidad que ella sólo le conocía en la intimidad, vio cómo desvistió al niño y lo volvió a vestir pero de rojo y blanco. Cuando le terminó de atar los cordones, la Marga vio que al Beto se le humedecieron los ojos. Él, movió bruscamente un brazo como quitándose una basurita molesta. Ella no dijo ni mu y lo dejó hacer. Si hasta se bancó que lo bautizaran con ropa deportiva. “¿Trajecito blanco? ¿Estás loca mujer? Ni en pedo. No, no y no”.

 

Tampoco el Beto se dejó amedrentar por las quejas de la Marga por la “agenda” que desde muy chiquito, le hizo cumplir al Andi. Lo llevaba los viernes al asado con los amigos, los sábados al potrero para que pateara torpemente la pelota y los domingos, a la catedral, al Monumental. Hubo un amague de rebeldía de la madre cuando el Beto se opuso a que el Andi fuera a catecismo los sábados. “A esa hora se juntan los chicos en la canchita, ¿cómo va a ir a la iglesia?. No, no y no”. La Marga se desesperaba porque el Andi crecía y no tomaba la comunión. Su madre, religiosa fanática, no se lo perdonaba. Pero la Marga hacía rato que, en el fondo, se había resignado. “Con tal que vaya a la escuela y vuelva sanito y con buenas notas está bien”, se decía. Además, contaba con la ventaja de que las tres nenas sí fueron a catecismo, las vistió como a ángeles el día de la comunión, les sacó una foto a cada una y les cocinó una torta. El Beto no fue, claro. Estaba en la canchita, gritándole al Andi indicaciones de cómo debía moverse dentro del terreno para voltear a los rivales que osaban intentar patear al arco.

 

Cuando cumplió los 12, el Beto caviló mucho la idea y un día de abril se la comunicó a la Marga. “El pibe ya está grande y preparado para viajar a ver a River”. “¿Qué? ¿Adónde? ¿Con quién?”, se estremeció. “¿Nunca escuchaste eso de yo te sigo a todas paaaartes?”. “No, y no me importan esas pavadas”, se plantó. “Bueno, igual va a ir”, la enfrentó el Beto. “¿Pero vos viste las cosas que pasan en todos lados? Es una locura, si le pasa algo, te mato Beto, te mato. Ya demasiado con ir a la cancha los domingos. ¿Te acordás el quilombo de la otra vez? Se salvaron por un pelito y así y todo el Andi vino con un chichón en la frente que casi me desmayo. Esta vez no, Beto”. “Igual va a ir, si, si y si”, empezó a repetir, parado con las manos sobre una silla y sin mirarla. La Marga, sentada en una silla, juntó las manos crispadas y empezó a llorar despacito. El Beto la había visto llorar tan pocas veces en tantos años juntos que tuvo un momento de duda. Pero no cedió. “Va a ir, Negra, va a ir, tiene que ir”. Pegó media vuelta y se fue con un dolor en el pecho que no lo dejaba respirar. Pero cuando lo vio al Andi volver con sus amigos con la pelota bajo el brazo, se convenció de que lo que estaba haciendo no era nada malo.

 

El sábado a la noche la Marga no durmió. Y el Beto tampoco. Casi de madrugada los pasaron a buscar y ella sólo pudo enconmendarlo a la Virgen de Lourdes, para que volviera sano y salvo. El Beto y el Andi se ubicaron en la parte trasera del ómnibus que los llevaría a Rosario, por la autopista. Iban felices y cantando, a pesar del humo y el fuerte olor a porros que fumaron sin parar, los que estaban del medio para adelante del micro.

 

La Marga estaba preparando el almuerzo para ella y las tres nenas. Ravioles, como todos los domingos que el Beto no hacía el asado. Tomó una cuchara para probar el tuco pero un fuerte dolor en el pecho la hizo doblarse en dos y soltar el utensilio. Desparramó salsa por todo el piso. Y empezó a llorar como una Magdalena. Gritaba tanto que sus hijas se asomaron asustadas. ¿Qué pasa Mamá? ¿Qué pasa? Pero la Marga no podía hablar. Tenía un nudo atravesándole la garganta y no le aflojaba la punzada de dolor.

 

En ese mismo momento, lejos de su casa, ocurría lo que los medios llamarían La Batalla de la Panamericana, un enfrentamiento de Los Borrachos del Tablón, en el kilómetro 91 de la ruta 9 (a la altura del peaje de Zárate) contra la barra de Newell’s, lo que derivó en el asesinato de dos hinchas del club rosarino. Los de Newell´s (en 6 micros) iban a La Boca y los de River (en 8 micros) iban a Rosario para enfrentarse con Central. Además de los 2 muertos, hubo más de 15 heridos y 1.100 detenidos.

 

Cuando se reencontraron los tres, fue en un pabellón de hospital. El Andi, inconciente, yacía en una cama. La Marga no se había separado de él. Y el Beto se acercó, con una mezcla de vergüenza y amargura, por el otro costado. Una enfermera le empujaba la silla de ruedas. No la podía mirar a la Marga. Fue ella la que lo encaró con la vista. Le clavó los ojos en los de él. No había rencor, ni resentimiento, ni odio. Pero no le dijo nada. No hacía falta.

 

La Marga reza todos los días para que ese sea el día en que su negrito abra los ojos y la mire.

 

Y el Beto, putea para adentro: despertate carajo, ¿no ves que si no tu madre se muere y yo también? Pero el Andi se durmió ese mediodía de la emboscada en la Panamericana y nadie sabe qué sueña ni cuándo despertará.

 

 

 

 

Visitá las Ilustraciones de Pablo Pavezka en: http://www.flickr.com/photos/pablopavezka/5062746340/in/set-72157604843287003