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Nota: Gonzalo Ruiz   |  Foto: Pablo Pavezka
Cuando yo sea grande
2014 |

 

...a los que me hicieron feliz de niño

 

La seño nos dijo que para el lunes tenemos que hacer una redacción sobre qué queremos ser cuando seamos grandes. Le dije a la seño que quiero ser abogado, como mi papá, porque mi papá defiende a la gente, le dije a la seño.

 

–Bueno, Matías, espero que hagas una linda redacción –me dijo la seño y mis compañeros me miraron porque saben que cuando yo sea grande y sea abogado los voy a defender como hace mi papá con sus papás. Y como hace con la seño y ese problema que tiene con los padres del Cato y el Catito. Eso de la denuncia. 

 

En el auto, cuando volvía de la escuela, no pude contarles a mis papás la tarea que nos había dado la seño porque se la pasaron discutiendo hasta llegar a la casa. Hablaban como si no estuviera. Yo, por las dudas, hago como si no estuviera y me acuesto en el asiento de atrás, así no me ven.

 

–Alicia, entendé, por favor, no puedo llevarlo. No va ningún chico de su edad, van todos grandes, solos. Se va a aburrir como loco, pobrecito.

 

–Quiere ir, Roberto, ¿qué te cuesta? Sabés que si se queda conmigo va a empezar a preguntar por el padre, va a ponerse caprichoso. Llevalo, si seguro se duerme enseguida y listo. Ponele la pley, los dibujitos, algo.

 

–Veo que no entendés. Voy a una concentración, con-cen-tra-ción. Vamos a comer algo livianito, a dormir bien para estar descansados. No puedo llevarlo y correr el riesgo de que no se duerma, que se ponga a joder a las tres de la mañana. No puedo. ¡Los muchachos me matan! ¡Tenemos que concentrar!

 

–Bueno, está bien. Hacé lo que quieras con tu hijo y tu concentración.

 

Estaban enojados porque no se decían vida. Se decían Alicia, Roberto. Eso me asustó un poco. Pero no pasó nada malo. Al final, mamá le ganó a papá. Yo iba a poder ir a la con-cen-tra-ción. Nunca había ido a una y ni sabía qué era eso. ¿Cerrarán todos los ojos y se concentrarán como hacen esos chinos pelados, vestidos de naranja, que vi en la tele?

 

–Mati, esta noche vas a venir con papi y sus amigos. No tenés que hacer lío porque papi y sus amigos van a descansar para el partido de mañana, que es la final. ¿Estamos, campeón? Nada de llorar o molestar a los grandes, te llevo la pley y vos te quedás tranquilo jugando a los jueguitos o viendo la tele.

 

–Pá, ¿qué es una concentración?

 

–Una concentración es cuando se juntan los futbolistas a pensar en el partido que tienen que jugar.

 

–Pero vos sos abogado.

 

–Sí, pero papi juega un torneo con sus amigos y hacen como los futbolistas: concentran.

 

–Ah… ¿Y para qué sirve eso?

 

–Para que los futbolistas ganen y sean campeones, como les va a pasar a papi y a sus amigos.

 

La concentración era en la casa de un amigo de mi papá, en el campo. Una casa grandísima. Cuando llegamos y nos vieron, todos se rieron como si hubiésemos dicho algo gracioso antes de entrar.

 

–Ni que fuésemos Chasman y Chirolita –dijo mi papá.

 

–Cuervo, ¿viniste con el paquete? –le preguntó Tito, que es hincha de River y tiene mellizas que van conmigo a la escuela.

 

–Dejalo crecer un poco, che, ya de pendejo lo traés –le gritó el Gordo Rubén, acostado en un sillón. El Gordo Rubén siempre me da golosinas y me dice que me va a hacer debutar. Mi mamá se enoja y el Gordo se ríe. Siempre se ríe el Gordo.

 

–Che, ¿y este porroncito quién lo paga? –dijo el Turco Ana, mientras acomodaba un montón de botellas de cerveza en la heladera y me señalaba con la cabeza.

 

–Paga mi papá –dije, orgulloso, y se rieron más.

 

Mi papá saludó y dijo que había mucho olor a puto en la casa. Todos festejaron lo que dijo y lo insultaron también, pero sin estar enojados.

 

Ahí nomás prendieron la tele y me dieron el control remoto. Me dijeron que vea todos los dibujitos que quiera, que yo era el dueño de la tele y que dentro de una hora iba a estar listo el asado. En la tele no había nada divertido, pero igual me quedé callado, así no molestaba a mi papá y a sus amigos en la con-cen-tra-ción.

 

–Cuervo, ¿y qué pasó con eso, lo arreglaste? –le preguntó el Turco Ana a mi papá, mientras abría una botella de cerveza con la boca. Qué dientes fuertes debe tener el Turco.

 

–Está difícil, che. Lo busqué toda la semana pero naranja. Se hace el duro, no me devuelve las llamadas, pero ya va a caer, todavía tenemos tiempo, quedate tranquilo –respondió mi papá.  

 

–¿Tiempo? Un par de horitas nomás –aportó el Gordo Rubén, mientras se sacaba un moco como si nadie lo estuviera viendo.

 

–¿De qué hablan? –consultó Tito.

 

–Nada, nada, de hombres de negro hablamos –dijo el Gordo Rubén y se rió, como sabiendo de antemano que Tito se iba a enojar.

 

Tito dejó de sacarle grasa a la carne y se dio vuelta, de frente a la mesa dónde comían una picada mi papá, el Turco y un desconocido. Tito tenía cara de serio y sólo dijo “a ver si me explican”.

 

–Nada importante, Tito. Resulta que el Cuervo le hizo hace tiempo un laburo complicado al hombre de negro de mañana –dijo el Gordo Rubén, haciéndose el serio, desde el sillón–. Nunca le pagó, el tiempo pasó y viste cómo son las vueltas de la vida. ¿Quién te dice que nos dé un manito? Nos vendría de primera.

 

–Ustedes siempre igual, será de Dios –dijo Tito y preguntó dónde estaba la sal gruesa.

 

El desconocido le dijo que tenía fina y le pasó una bolsita con harina o algo parecido, pero no era sal fina de verdad, como la que usa mi mamá, yo la vi bien.

 

–Con eso no jodan, che, la puta que los parió, guarden eso –se enojó Tito.

 

–Pero si es sal de las buenas –largó mi papá y todos se rieron mucho.

 

Yo le pregunté a mi papá de qué se reían y me dijo que de Tito, porque no sabe hacer un asado como la gente, ni siquiera salar la carne.

 

En eso se me acercó el Gordo Rubén. Siempre me hace chistes, me dice que me va a sacar bueno y que tengo que ser payaso y tener pasta de campeón porque a las minitas –dice minitas– les gustan los hombres así. El Gordo Rubén y mi papá son amigos desde que tenían mi edad, un montonazo. Cuentan que en la escuela armaban líos todos los días, pero mi mamá me dice que no tengo que seguir el ejemplo de ellos. Yo no tengo ningún Gordo Rubén como compañero. Sólo tengo al Gordo Marcos, pero el Gordo Marcos no se ríe.

 

–A ver, a ver, Matute, muéstreme esas manos, pendejo –me dijo el Gordo, con cara de malo. Le mostré las manos. Me las miró unos segundos.

 

–Uh, pero estas manos están llenas de pelos –me dijo y puso cara de impresión, como si yo tuviese las manos lastimadas.

 

Me reí, casi siempre me hace ese chiste, aunque nunca lo entiendo.

 

–No, Rubén, fijate, no tengo pelos –me defendí.

 

–Bueno, bueno, eso espero... Y este granito qué es, ¿un pornoco?

 

–¿Un qué?

 

–Un pornocomer asados con tu papá y los amigos –dijo Rubén.

 

–Qué gordo de mierda –escuché que decía el Turco, antes de eructar.

 

–Pará con el pendejo, Gordo –le grito Tito, que ya había encontrado la sal gruesa.

 

–Está bien, está bien –dijo Rubén–, pero el pendejo ya va a crecer y vos le vas a tener que decir que pare con las mellizas.

 

–Pero callate, pelotudo –se enojó Tito.

 

Yo casi me río pero me quedé serio porque he escuchado a mi papá decir varias veces que con Tito no se jode, porque es un amargo y un gorreado. Me he olvidado de preguntarle a mi papá qué quiere decir gorreado.

 

–Pá, ¿qué es un gorreado?

 

Mi papá puso cara de no saber qué contestar y varios se pusieron rojos de repente. Se hizo un silencio raro en toda la casa hasta que el Gordo Rubén no aguantó la risa y explotó en una carcajada ronca que se cortó porque se atragantó con el carozo de una aceituna. Algunos fueron a auxiliar al Gordo, mi papá me dijo que no pregunte eso cuando haya gente, que en la casa hablábamos y Tito, siempre tan bueno, me explicó que un gorreado es el árbitro de los partidos o los jueces de línea. Ahí creo que entendí algo… Bah, no sé, porque Tito no creo que sea árbitro. El Gordo, cada tanto, volvía a reírse y tenía que salir de la casa hasta que se le pasara. Estaba rojo como un tomate.

 

–Qué pendejo tan hijo de puta, sos peor que tu viejo –me dijo varias veces.

 

No me gustó nada esa mala palabra, pero mi papá no me defendió. Qué gordo de mierda, le hubiera dicho, pero no me animé. Además, el Gordo Rubén es bueno conmigo, no sé porque me dijo eso. La bronca se me pasó recién cuando comimos.

 

Antes del asado llegaron como diez tipos que no conocía.

 

–¡Tenemos los canarios! –gritó uno de los desconocidos.

 

Todos festejaron, pero yo no vi una sola jaula ni un solo canario. Al rato escuché que los canarios los traen desde Brasil y Misiones, como explicó el desconocido más flaco. ¿A quién se le ocurre traer canarios de Brasil o de Misiones? ¿Cómo harán? El Turco debe haber visto mi cara de no entender nada, porque se me acercó y me dijo que lo que trajeron los desconocidos, en realidad, eran churros para el desayuno. Lo de canarios era mentira. Después me quiso convidar cerveza pero mi papá lo vio justito y el Turco dijo que era un chiste.

 

Durante el asado, que estuvo riquísimo, algunos hablaban de jugar con muchos defensores, otros decían que no, que tenían que jugar con pocos, que lo importante era el mediocampo, que arriba estaban afilados. También decían que elpartido se iba a definir con pelotas paradas y no sé cuántas cosas más.

 

En medio de eso, a mi papá le sonó el celular y se fue a hablar afuera. Después de un rato largo volvió. Pidió silencio, levantó su vaso y dijo:

 

–Señores, tengo el agrado de comunicarles que acaba de arreglarse el asunto. No se preocupen tanto por las tácticas, que el problema ya está cocinado. En la vida, las deudas se pagan, señores. ¡Salud!

 

Todos empezaron a gritar de alegría, a abrazarse y a brindar como si hubiesen salido campeones. Yo también grité y hasta dije “¡Vamos, Cuervo, la puta!”. Nadie me escuchó, menos mal. Tito fue el único que siguió comiendo. Casi le pregunto por qué no festejaba, pero, aunque sé que Tito es bueno, tenía cara de estar muy enojado. Me quedé callado y le pedí otro chori, pero ya no quedaban.

 

Después de comer siguieron hablando un montón, casi a los gritos. Yo no entendía nada. Jugué un rato a la pley y cuando me dio sueño me fui a una pieza a dormir y no molestar.

 

A las horas, no sé cuántas, me desperté por los gritos. Parecía la cancha. Todos cantaban y le pegaban a la mesa o a algo que sonaba como los bombos de las hinchadas.

 

–¡Llegaron las chiii, llegaron las chiii! ¡Qué lindas lobas pulpas! –escuché que gritaba clarito el Gordo Rubén. ¿Lobas pulpas?

 

–¡Y ya lo veee, y ya lo veee, somos campeones otra vez! ¡Y ya lo veee, y ya lo veee, hoy la ponemos como un rey! –cantaba el Turco, con su vozarrón, en medio de un griterío total.

 

Quise salir de la pieza para ver lo que pasaba, pero la puerta estaba cerrada con llave. Empecé a patearla, a gritar, a pegarle. Nadie me escuchaba. Intenté volver a dormir. No pude. Entonces seguí dándole puntinazos limpios a la puerta hasta que alguien escuchó y me abrió. Era uno de los tantos desconocidos. Tenía cara de dormido y los ojos rojos. Me miró unos segundos, como tratando de entender quién era yo y de dónde había salido.

 

–¿Sabés dónde está mi papá?

 

–¿Tu qué?

 

–Mi papá, Roberto, le dicen Cuervo.

 

–¿Roberto es tu viejo? –me preguntó como en cámara lenta.

 

–Sí, sí, ¿sabés dónde está?

 

–Qué loco… Roberto, Cuervo…

 

–¿Le podés decir que venga?

 

–¿A quién?

 

–¡A mi papá! –le grité, porque parecía que no entendía o no escuchaba por el ruido.

 

–Enano, ¿en serio tu viejo es de San Lorenzo? Qué flash, loco.

 

–Mi papá es de Boca, desde chiquito, como yo.

 

–¿Y quién es tu viejo? –me volvió a preguntar, en medio de ese humo espeso que salía de su cigarrillo.

 

No le dije nada más. Quise salir de la pieza pero no me dejó pasar. Me agarró de la mano y me dijo que lo acompañara, que íbamos a buscar a mi papá.

 

Cuando llegamos a donde estaban casi todos, a los gritos, sin remera, con botellas en las manos y fumando, el desconocido se fue hasta el equipo de música y lo apagó. Todos nos miraron. En ese momento parece que el desconocido se despertó, porque me señaló y gritó:

 

–¡Miren la mascota que encontré! ¡Un enanito fumón, que quiere ser campeón!

 

Todos se pusieron más contentos que antes y empezaron a cantar algo así como “que de la mano del Cuervo chico, toda la vuelta vamos a dar”. El Gordo Rubén me subió a sus hombros y dimos una vuelta olímpica dentro de la casa. El Turco Ana me quiso convidar algo, pero Tito no lo dejó.

 

Todos cantaban y bailaban cuando apareció mi papá, casi desnudo, sólo con un bóxer, al grito de “¡Gordo, venite que pintó un tridente!”. Cuando el Gordo lo escuchó se quedó quieto, conmigo en sus hombros. Mi viejo, al verme, se enojó mucho.

 

–Matías, ¿qué hacés acá? ¿qué te dije? Sabías que no tenías que molestar a papi y sus amigos, es una concentración, te tenés que dormir. No te voy a traer nunca más. Creí que estabas durmiendo, sin molestar, y resulta que el señorito estaba despierto, a los gritos. ¿Querés que se lo cuente a mamá? –me dijo, muy serio, mientras se ponía una remera que no es suya.

 

Le quise explicar que me había despertado por los gritos de los demás, que me perdonara, que no sabía qué pasaba, pero sólo le pude decir que por favor no le contara nada a mamá. Me llevó a la pieza y me dijo que recién en la mañana nos íbamos a despertar para desayunar. No me quedé tan enojado porque el Turco me había dicho que para el desayuno había churros, qué rico.

 

La música y los gritos siguieron hasta que me dormí. A la mañana, cuando nos despertamos, nadie quiso desayunar. Todos tenían cara de estar muy cansados. Las concentraciones te matan, parece. Le pregunté al Turco por los churros y me contestó “no quedaron ni las tucas” o algo así. Me tuve que quedar con las ganas. Cerca de las diez, todos partimos rumbo a la cancha.

 

Mi papá le dijo a mi mamá que la concentración fue altamente positiva para el equipo, que se tenían mucha fe y que yo me había portado muy bien, como todo un hombrecito. Cuando se fue a cambiar al vestuario, me guiñó un ojo y me quedé con mi mamá en la tribuna.

 

En una de las primeras jugadas, el árbitro, que parecía estar muy enojado, cobró un penal para el equipo de mi papá y echó a uno de ellos. Los del otro equipo se le fueron encima como para pegarle. Mi mamá preguntó que por qué hacen eso.

 

–¿Sabés qué pasa, má? El árbitro es un gorreado, como los jueces de línea, es por eso.

 

Mi mamá me pegó un cachetón muy fuerte en la boca y me dijo que nunca más volviera a decir esa palabra.

 

Es verdad lo que dice el Turco Ana. Las mujeres no entienden nada de fútbol. Y encima, si les querés explicar, se enojan y hasta te pegan.

 

El partido terminó 3 a 0. Mi papá y sus amigos fueron campeones y yo di la vuelta olímpica con ellos. Como en la concentración, pero esta vez fue en la cancha, sin música, ni botellas, ni cigarrillos.

 

El lunes, cuando la seño nos pidió que entregáramos la tarea, le dije que había cambiado. Ahora quería ser futbolista, cuando sea grande.

 

–¿En serio, Matías? ¿Pero no querías ser abogado, como tu papá?

 

–Sí, pero ahora quiero ser futbolista.

 

–Mirá qué lindo. ¿Querés ser como Messi?

 

–No.

 

–Ah… ¿Cómo Maradona, entonces?

 

–Tampoco.

 

–¿Cómo quién querés ser?

 

–Como mi papá.

 

–¿Qué?

 

–Sí, cuando sea grande quiero ser como mi papá, así puedo concentrar con mis amigos.

 

La seño se quedó con cara de no entender nada de nada. Pero las mellizas sí entendieron, porque vi como me miraban y se decían algo al oído, entre risas.

 

Al final, el Gordo Rubén tiene razón: a las minitas les gusta la pasta de campeón.

 

 

                                                                                                                    

Visitá las Ilustraciones de Pablo Pavezka en: http://www.flickr.com/photos/pablopavezka/6024369525/

 

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