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Nota: Vanessa Lerner   |  Foto: Pablo Pavezka
EL NIÑO MALO
23.08.2011 |

Está solo. Se asegura de estarlo. Deja por un momento la Play para constatar que su madre está ocupada y abstraída de él. El silencio en el living se hace denso cuando el niño levanta la ceja derecha y se dirige convencido hacia la jaula donde el animalito no se cansa de caminar la rueda.

 

Abre la pequeña puerta de metal y, sin titubear, toma el hámster con una mano y con la otra, le tuerce la cabeza con un movimiento preciso. Lo mata sin remordimiento alguno. Displicente, lo deja allí, inerte, para regresar al sillón y seguir jugando, solo, callado, tratando de alcanzar el siguiente nivel.

 

Está solo. Se asegura de estarlo. Deja por un momento la Play para constatar que su madre está ocupada y abstraída de él. El silencio en el living se hace denso cuando el niño levanta la ceja derecha y se dirige convencido hacia la jaula donde el animalito no se cansa de caminar la rueda. Abre la pequeña puerta de metal y, sin titubear, toma el hámster con una mano y con la otra, le tuerce la cabeza con un movimiento preciso. Lo mata sin remordimiento alguno. Displicente, lo deja allí, inerte, para regresar al sillón y seguir jugando, solo, callado, tratando de alcanzar el siguiente nivel.

 

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“Este chico está maldito”. La confesión de la madre deja al psiquiatra boquiabierto, pese a su vasta experiencia con niños problemáticos. Trata de calmar a la mujer, quien señala al rubiecito inofensivo, el que ni siquiera ha atinado a sentarse en un sillón. Está parado como un soldadito de juguete mientras su mamá habla sin parar de las maldades que él hace a diario. Al médico se le llenan los oídos de historias escabrosas, algunas de las cuales le erizan la piel. Intenta detenerla porque ella ignora la presencia del pequeño, habla como si no estuviera en el consultorio, parado, rígido, y, raramente inexpresivo. Es en vano. Escucha callado un relato de hijo no querido, del deseo de abortarlo, del marido quince años mayor que la echó de la casa porque no soportaba la presencia de la mujer ni del niño. Escucha cómo la memoriosa madre repite frases propias y del hijo acerca del odio que sienten uno por el otro. “¿Sabe qué me dijo un día? Cuando sea grande, te voy a matar. Imagínese, doctor”.

 

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-¿Cómo te va en la escuela?

-Bien.

-¿A qué grado vas?

-Segundo.

-¿Tenés amigos?

-No.

-¿Por qué?

-……….

-Pero, ¿te gustaría tener amigos?

-……….

-¿Tenés primos, primas, chicos con los que jugás?

-Sí.

-Ah, qué bien. ¿Y a qué juegan?

-A mis primas les muestro el pito.

-Ajá. Ejem. ¿Y qué juego es ese?

-……..

-Ejem, ¿y con tus primos a qué juegan?

-Al fútbol.

-¿Te gustaría tener un hermano o hermana?

-No.

-¿Y qué pasa con tu mamá? Ella dice que se llevan mal.

-La odio-

-Ajá, ¿te puedo preguntar por qué la odiás?

-No sirve

-¿Y para qué no sirve?

-Para nada.

-¿Y tu papá? ¿Cómo te llevás con él?

-…………….

-¿Lo querés?

-…………….

-Te voy a pedir que me contestes la pregunta.

-Él no me quiere.

-Ahhh. ¿Y por qué pensás eso?

-Me quiero ir.

-No terminamos todavía.

-Me quiero ir.

-La última, entonces. ¿Qué cosas te gusta hacer?

-Jugar a la Play.

-¿A qué juegos?

-Era la última. Me quiero ir.

-Bueno, bueno, la seguimos la semana que viene.

-No voy a venir.

-Vas a tener que venir, ya quedamos con tu mamá.

-No, no me espere… y a ella tampoco.

 

 

 

Visitá las Ilustraciones de Pablo Pavezka en: http://www.flickr.com/photos/pablopavezka/

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