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Nota: Federico Ceconato   |  Foto: Fernando Rosas
MATAR A MARÍA
29.02.2012 |

 

Ya saben, busqué la mejor ropa, la más correcta, la que pudiera disimular todas mis fallas. Antes de buscar a María, me disfracé de otro: uno más fuerte, más seguro, más oscuro.

 

Llegué a su departamento como a las dos de la mañana, porque estuve bebiendo ajenjo en un bar a tres cuadras de su casa. Bebí el alcohol como para salvarme, para tener en el cuerpo algo caliente y vaporoso que se pareciera a mi amor.
 
 
Entonces salí a la noche, y no pude entender por qué no andábamos juntos ella y yo, por esta ciudad tan violenta, por este valle que es el lugar donde nos conocimos y es el suelo donde dormimos todas las noches, donde vamos a morir separados y solos.
 
Cuando estuve parado frente a tu ventana, comencé a tirar piedras contra el vidrio. Había luz del otro lado. Eso me tranquilizó, pero muy adentro hubiera preferido no encontrar a nadie en esa casa.
 
María corrió la cortina y sus ojos miopes se encontraron con los míos cuatro metros más abajo.
 
El tiempo de espera entre no verla más en la ventana y encontrarla
medio dormida en la puerta, es el tiempo en que la vida se vuelve densa. Esos momentos de enlace entre las cosas, cuando todavía no se define nada, allí está lo que siempre he querido pintar.
 
Cuando abrió la puerta sin prender la luz de la calle (ese gesto de intimidad entre nosotros)... cuando abrió la puerta debí haberla asesinado. Debí matarla en el marco y dejar que su cuerpo se disolviera, que otros tuvieran que organizarse para poner ese cuerpo bajo tierra, e irme. Huir con la última mirada y con los últimos movimientos de sus caderas al caer al piso.
 
Del libro Cuadernos de Tomy Quest ediciones The Bronco´s Clú