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Nota: Gonzalo Ruiz   |  Foto: Pablo Pavezka
El día que dejé de aburrirme
02.08.2012 | Homenaje a Fontanarrosa

Tenía diez años. Estaba enfermo, en cama, con gripe. Ese día mi abuela Pepita me regaló un libro que me cambió la vida. Pero yo, a los diez años, no tenía la menor idea. Yo sólo quería jugar con los muñecos de He Man.

 

El libro era grande para las manos de un niño. Era gordo y, encima, no tenía dibujos. Ni uno solo. Miré la tapa y le sonreí a mi abuela por educación, no por agradecimiento. Yo no leía, era niño. 
 
Mi abuela me dijo que me regalaba ese libro para que no me aburriera mientras estaba en cama. Me dijo que eran cuentos de fútbol y, como a mí me gustaba el fútbol, supuso que me interesarían esas historias. 
 
Miré con desconfianza ese libro, lo volví a abrir, traté de leer unas líneas, no entendí nada y lo olvidé en un rincón. Los libros eran aburridos, porque los escribían gentes grandes y aburridas.
 
Pasaron años de muñecos de He Man, de dibujitos, de potrero, de carreras de bicicletas, de rodillas peladas, zapatillas rotas, penales contra el portón. Pasó toda la infancia y el libro siguió olvidado.
 
II
 
Tenía 17 años. Estaba en esos días de adolescencia en que todo te aburre. El tiempo no pasa, el colegio te molesta, no podés jugar al fútbol todo lo que quisieras, tus viejos a veces te retan, te peleás con tu hermana… Ni la música te divierte. 
 
Ese día, imposible olvidarlo, estaba tan pero tan pero tan aburrido, que me puse a buscar algo. No sabía qué, pero empecé a dar vuelta mi pieza, quizás con el único motivo de que el tiempo pasara más rápido.
 
Hay momentos en los que uno, aunque no sepa qué está haciendo, íntimamente siente una energía poderosa que lo moviliza. Me gusta pensar que son esos momentos en los que uno busca su destino. Y a veces, mágicamente, lo encuentra.
Eso me pasó, aquella tarde de hace más de diez años, cuando en mi pieza encontré, lleno de polvo y con las hojas amarillentas, ese libro de cuentos de fútbol.
 
III
 
Tenía 23 años. Era una siesta soleada, a pesar del invierno. Estaba en el patio de mi casa, comiendo mandarina y leyendo, una de las cosas que más placer me genera en la vida. En eso me llegó un mensaje de texto de mi vieja. Lo leí y el cuerpo se me tensó de la angustia. Prendí el televisor. La placa roja de crónica confirmaba lo que me acababa de contar mi vieja. 
 
Estaba solo. Me tenía que ir a trabajar al diario, pero no podía ni quería creer lo que escuchaba en la televisión. Busqué ese libro que adoraba, que una tarde de hace muchísimos años me regaló mi abuela. Lo abrí en esa página que me cambió la vida. 
Empecé a leer: “Sí, yo sé que ahora hay quienes dicen que fuimos unos hijos de puta por lo que hicimos con el viejo Casale, yo sé”.
 
De fondo, un periodista decía que íbamos a extrañar a Roberto Fontanarrosa. Yo lloraba y pensaba que el día que leí el cuento 19 de diciembre de 1971 la vida me cambió: ya nunca más me aburrí.
 
A la memoria del grandísimo Negro.

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