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Nota: Gonza Ruiz   |  Foto: Prensa Cosquín Rock Oficial
Crónica de rock, locura y amor en Cosquín
14, 15, 16 de Febrero | Aeródromo Santa María de Punilla

En el Cosquín Rock no hay silencio. O parece que está prohibido. Desde que llegás hasta que partís la música está flotando en el aire. Siempre. A todo hora. No para. 

En el Cosquín Rock no hay silencio. O parece que está prohibido. Desde que llegás hasta que partís la música está flotando en el aire. Siempre. A todo hora. No para. Hasta el ruido de la lluvia tiene su ritmo. Te despertás con una batucada en la cabeza, mientras navegás en el medio de una resaca generosa. El día es largo y hay que activarse. Tus amigos están igual o peor que vos, así que no hay de qué preocuparse. De a poco, como en cámara lenta, todo empieza a tener movimiento. Uno busca la leña –odiamos el carbón y por eso llevamos nuestra leña mendocina–, otro junta ramitas y papeles para prender el fuego. También se abre un vino o se arma un ferné comunitario, mientras el sol empieza a pegar entre los árboles y uno piensa que el camping es el mejor lugar del mundo para compartir. Compartir lo que sea.

 

Suena el Pato a lo lejos. Se mezcla con la voz espesa del Chizzo y alguna canción de los Redó. Hay familias con niños que corren entre las churrasqueras, hay grupos de pibes y pibas que han viajado cientos de kilómetros, hay mucho cordobés que llega por el día, rockea y se va; hay flacos que no han dormido y hay mujeres que son hermosas; hay mucha zapatillas de lona y mucho tatuaje rockero.

 

El Cuba, nuestro asador oficial, cancherea desde la parrilla. Está agrandado porque el primer asado salió tan tierno que lo cortó con un tenedor. Después, para consagrarse, hizo unas costillas con choris y chinchusdebajo de la lluvia. El Negro le dice que no se agrande, que todavía le faltan muchosaños y muchos kilómetros y muchos recitales. El Leandro corta la picada en una tablita que a esta altura ya no pasa ni el control bromatológico más tímido.

 

Un cordobés vecino, enfermo de Talleres, se suma a la mesa. Primero hablamos de rock, pero cuando queremos acordarnos estamos discutiendo de fútbol. Y cuando queremos acordar estamos hablando de mujeres. Así somos: simples y básicos. No busquen más, porque no hay. El cordobés nos cuenta que le transmitió a su ex novia el amor por la T, que juntos iban a la cancha, que juntos sufrieron y disfrutaron, que ella se hizo fana de Talleres por él. Pero putea, se le nota el dolor en la cara y nos confiesa que se peleó hace un tiempo y que ahora, cuando va a la cancha, en el sector de la tribuna donde siempre se ubicaban, está su ex. Y siente que ese ya no es su lugar, que su ex le arrebató algo suyo, que algo pasó. El tiempo pasó, pienso. Lo de siempre. También nos cuenta que su ex lo regaló una camiseta de Talleres firmada por todo el plantel. “El mejor regaló que me dieron en la vida”, dice.

 

Sale el asado, otra delicia del Cuba. “Hay que vivir así siempre”, dice el Negro. Brindamos con dos vasos, una botella cortada y un jarrito de no sé qué. Las birras ya están heladas. Armamos unos ferneses viajeros y partimos. Primero recorremos un poco Punilla. Está detonada de manijas. Por todos lados, en todos los rincones. Amo cuando el rock toma un pueblo y lo pone patas para arriba. Es un paréntesis en la rutina que te inyecta una energía única. Levantás una baldosa y salen tres rolingas y cinco personajes imposibles. Un ñato hace malabares en una esquina. El detalle es que los malabares los hace con tres conos naranjas, de esos que ponen los policías para ordenar el tránsito. Me lamento no tener un celular digno para filmar ese momento. Los conos por el aire, el ñato serio, mostrando su arte. Semáforo en verde, la gente lo ovaciona. Ese hombre es feliz.

 

 

La previa se hace más larga de lo que creíamos y entramos para ver un rato Salta La Banca, o algo así. Después empiezan Las Pelotas. Es la primera vez que vuelvo a ver esta banda desde que murió Sokol. No puedo ver a Las Pelotas sin Sokol. Lo ratifico, mientras Daffunchio canta sobre corazones o maripositas. Cómo se extraña el Bocha, la puta madre. Me aburro un toque, así que cruzo todo el predio hasta el otro escenario. Hay temático de bandas metaleras y me da la sensación de que si no peso cincuenta kilos más, me dejo el pelo largo hasta el culo y calzo una campera negra de cuero, me van a sacar a las patadas de acá. Pero no, muchachito, los metaleros somos gente noble, diría Iorio. Y me copo con el final del toque de Carajo y me asombro con De la tierra. En la puerta de entrada del infierno debe estar tocando esta banda, pienso, mientras sale fuego del escenario y me vibra hasta el alma.

 

El Leandro se quedó viendo Las Pastillas del Abuelo. Con los demás estamos esperando que salga a escena Iorio, porque Iorio es lo más grande del heavy nacional. La noche cae sobre Punilla con un cielo estrellado y la certeza de estar en un lugar maravilloso. Sale el gran Ricardo y todo explota. A lo lejos la brisa empieza a traer las primeras canciones de Ciro y los primeros suspiros de mujeres enamoradas del ex líder de Los Piojos. Mientras tanto, Iorio canta Mi credo y me dan ganas de llorar. Cuando termina veo que el Cuba y el Negro están igual. Sigue la fiesta de Almafuerte. Los otros dos se van a Ciro. Me quedo y me meto al pogo. Un pogo de Almafuerte me da más miedo que crecer. Suena Toro y Pampa y A vos amigo. “¡El metal está vivo!”, grita un tipo que en otra vida debe haber sido un vikingo más malo que la mierda.

 

 

Termina Almafuerte y me tiro un rato sobre el pasto húmedo a ver el cielo. No sé si puedo estar mejor. A lo lejos suena Farolito, esa canción que bailaba hace quince años en los matineé. Ciro está tirando todo su show ante treinta mil personas. Me acerco a ver un poco del final. La fiesta que hay es impresionante. Las piernas no me dan más y sólo quiero estar acostado. Parece que la próxima canción es la última, pero nunca es la última. Ciro canta durante tres horas y chirolas. Una locura.

 

Termina todo. Nos volvemos a encontrar los cuatro cerca del Hangar. Estamos molidos, pero felices. Nos volvemos caminando lento hacia el camping, mientras sigue sonando música en algún lugar. Nos encontramos con el cordobés vecino, que se fue solo al recital –fue con nosotros pero después lo perdimos– y ahora vuelve acompañado por una mujer. Nos sentamos por ahí a compartir un ferné. La mujer que está con el cordobés nos empieza a contar de su laburo, de cómo pidió el día para venir hasta acá y esas cosas. En un momento, no sé por qué, la charla se desvía hacia el fútbol, y ella nos cuenta que una vez le regaló al cordobés una camiseta de Talleres firmada por todo el plantel. Me cae la ficha. Le digo que sí, que ya nos había contado en la tarde, que dijo que fue el mejor regalo que recibió en su  vida, y el cordobés sonríe como dando las gracias. De nada.

 

 

La noche sigue y el cansancio crece. El ferné se acaba y ya no queda nada. De a poco nos vamos yendo a dormir. Hay que descansar porque mañana la fiesta continúa y el cuerpo ya no es el de hace diez años. Ya sabemos: en el Cosquín no hay silencio, pero eso no importa. Los fogones brillan por ahí igual que los rocanroles. Hay una calma que durará apenas unas horas. Mañana nos espera el último día, nos espera Skay. Cierro los ojos. Escucho un último punteo a lo lejos. El cordobés se queda chamuyando con su ex. El rock también es amor.

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