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Nota: Leandro Abraham  
Por mi cuero viejo y mi pedazo de plástico
Cosquín Rock 2015 | Aeródromo Santa María de Punilla

Llamado a la solidaridad. Perdí una parte de mí en corazón en Cosquín Rock y quisiera recuperarlo. Perdí la gloria de los gritos, los besos pasados y las giras que están por venir. 

A la solidaria masa del Cosquín Rock, esa que viajó miles de kilómetros para llenar sus corazones de música y sus barrigas de asado y fernet. A ese público que dio todo sin esperar nada en cada pogo y fantaseó con que el festival dure para siempre. A esa gente necesito hacerle un pedido por mi cuero viejo y mi pedazo de plástico.

 

Resulta que durante la tercera noche del Cosquín Rock (que terminó siendo la segunda) en pleno pogo entre Las Pastillas del Abuelo y Ciro y los Persas perdí mi preciado pedazo de cuero. Se trata de una billetera vieja y aburrida, con más agujeros que monedas y un sinfín de papelitos que a nadie podrían servirle.

 

No se confundan, en mi pedazo de cuero no había plata, ni cobre, ni oro. Tampoco objeto alguno de valor y los documentos que en ella se resguardaban no me importan en lo más mínimo. Yo necesito mi cuero y un pedazo de plástico que en ella habitaba, no por su valor económico, sino porque significan una parte de mi corazón.

 

El cuero viejo.

 

Habrá nacido allá por no sé cuando de alguna vaca desafortunada que terminó alegrando vidas en un asado. Habrá pasado por algunas manos más habilidosas que las mías y terminó pareciendo algo así como una billetera. Una persona especial la encontró en alguna casa del centro mendocino y la compró con el objetivo de agasajarme: lo consiguió. Mi billetera anterior era hermosa, pero tenía más guerras que un espartano, el cierre del monedero estaba roto y el porta-tarjetas no lograba su cometido de mantener los plástico seguros de las manos enemigas.

 

Se me entregó acompañada por un lindo ataque de besos y así fue como el cuero llegó a mis manos y pasó a formar parte de mi vida. Estaba nuevo, pero a los pocos días ya parecía viejo.  Al tacto su cuero parecía cuero y a la vista podemos decir que estaba a la “moda”. El olor tenía dudosa procedencia (digamos que a los policías no les gustaba mucho) y el gusto nunca me animé a probarlo. Tampoco se escuchaba.

 

Con perfil bajo, sin mostrarse mucho y cumpliendo su función a rajatabla, pasó a ser una de esas cosas que no valoramos hasta que perdemos. Fue compañera de mil giras y logró llevarme de la alegría al infierno en cuestión de segundos. Es que más de una vez se escondió caprichosamente entre las sábanas o los rincones para recordarme el dolor que podía sentir al no verla más, pero luego me acariciaba con algún papel impreso con la cara de un presidente que no recordaba haber guardado ahí.

 

A principio de mes nos divertíamos juntos: ella administraba con escasa eficiencia el sueldo y siempre me incitaba a comprar una birra más en algún antro de perdición. A fin de mes pasábamos sed, pero la pasábamos juntos. “Este mes vamos a tomar una sola birra los 30 días, el que guarda siempre tiene”, yo le decía, intentando educarla como a un perro, pero ella se empecinaba en derrochar y después sufrir. En las buenas y en las malas, siempre juntos, esa era la regla.

 

No me importan las tarjetas, no me importa el dinero, no me importan ni el documento, no me importa nada de lo importante para la sociedad. Tantas cosas entraron y salieron de esa billetera que su contenido pasó a ser efímero. Tantos años juntos y a pesar de las peleas nunca se me ocurrió cambiarla.

 

Muchas veces escuché historias sobre ladrones que sacaban los objetos de valor de las billeteras y luego devolvían el pedazo de cuero, sin ningún valor, a sus dueños. ¡Que lindo sería que algo así me pasara! Ojala se guarden los $6,25 que tenía, que se lleven las tarjetas sin fondos para su colección y también les regalo los documentos por si quieren votar por mí, pero necesito el cuero viejo.

 

El pedazo de plástico.

 

Hago mal en decir que perdí una parte de mi corazón en el pogo del Cosquín Rock: en realidad perdí dos. Había algo en ese cuero viejo que tenía el valor de miles de papeles con la cara de Julio Asesino Roca, tal vez todavía más. Era el significado de mi locura, la demostración de mi pasión, el recuerdo de los mejores gritos.

 

Pese a ser mucho más viejo, se había convertido en el amigo inseparable del cuero. Es que esas cosas son como los buenos vinos: cuando más viejos, más ricos. Fue amigo de mi cuero anterior, y de la anterior, y hasta de la riñonera mugrienta con un escudo de Viejas Locas pegado en el lomo que tenía a los 13 años. Pero con ninguno de esos objetos logró el vínculo de amor desinteresado que tenía con el cuero viejo, y que ojalá siga teniendo donde quiera que estén.

 

En algún momento ese plástico despintado era una especie de carta de acceso, un carnet que me permitía el ingreso al lugar más lindo del mundo, una llave a la felicidad absoluta. Y aunque hace tiempo había sido remplazado por la fuerza (Resistí a cambiarlo hasta que el ultimátum llegó con toda su maldad y el tiempo no estuvo de mi lado) seguía teniendo el poder de los recuerdos. Cuando él estaba cerca no existía el frío, no conocía la amargura, no sabía lo que era el miedo.

 

Yo lo extraño porque era una espada y un escudo. Cuando la moda me atacaba con sus proezas de libertadores o sus títulos modernos él me defendía con la gloria de 100 años trepado a los más alto. Cuando los pitucos del barrio lanzaban tiros traidores de viejas historias él contraatacaba con lo clásico de los resultados y me daba el placer de verlos caer nuevamente a una categoría inferior.

 

Cómo olvidarse de las mañanas cambiando la escuela de las ideas por la escuela de la pasión, cortando papelitos como un loco o viajando cientos de kilómetros a sitios inhóspitos con el apoyo y la compañía de absolutamente nadie. Es que mi pedazo de plástico era pasado, presente y futuro: era las anécdotas escuchadas sobre viejos caudillos de camisa y boina que luchaban contra todo y todos. Era los recuerdos de aquel mechudo perdido por el rock surcando las bandas con más corazón que piernas. Era la ilusión de que nada cambie en mi lugar más preciado del mundo.

 

El llamado a la solidaridad.

 

Me sirve el cuero viejo y el pedazo de plástico por separado, pero los quiero juntos. Es que esos dos objetos teóricamente sin valor forman parte de mi pasado y los quiero en mi bolsillo otra vez para sentirme pleno. Si no los tengo la vida sigue, habrá más cuero y más plástico, pero con ellos perderé la nostalgia de los caminos recorridos.

 

Si me devuelven mi cuero viejo y mi pedazo de plástico prometo no guardarlos en un cajón por miedo a perderlos. Prometo llevarlos siempre en mi bolsillo a riesgo de pasar por esta situación otra vez por el sólo placer de sentirlos cerca. Prometo que habrá más birras a principio de mes y algunas otras garroneadas cuando el pedazo de cuero no tenga más para darme. Prometo que miles de papelitos volverán a volar por el cielo de la catedral del fútbol gracias al empuje que me genera mi plástico azul cerca del corazón. Prometo que habrá otro Cosquín Rock para arriesgarlos.