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Las cartas de amor y dolor de franz Kafka
13.07.2016 | El cielo

Dos años antes de su muerte, Franz Kafka (1883-1924) confesó que nunca había conocido las palabras «te amo». ¿No supo el autor de «La metamorfosis» lo que era amar? Puede que el problema estuviera más en su forma de entender el amor que en la incapacidad para mantener relaciones. Y su definición de amor, que explica su renuncia a pronunciar las palabras millones de veces repetidas en todo tiempo y lugar, tantas veces en vano –«te amo»–, es tan compleja y tortuosa como su literatura.

La relación más larga fue con Felice Bauer, pero antes hubo varias: de una nunca sabremos el nombre. Solo que coincidieron en Zuckmantel (Silesia), en los veranos de 1905 y 1906. «Ella era una mujer y yo un muchacho», escribió después, al confesar que «excepto en las cartas, nunca he tenido con Felice esa dulzura de la relación con una mujer amada que tuve en Zuckmantel y en Riva». La muchacha de Riva, un balneario junto al lago de Garda, era Gerti Wasner.

 

Carta a Felice Bauer del 17 de noviembre de 1912.

 

"La otra noche te soñé, es la segunda vez. Un cartero me traía dos certificadas tuyas y me entregaba una en cada mano con un movimiento magníficamente preciso de los brazos que saltaban como émbolos de una máquina a vapor. Eran cartas mágicas. Podía extraer cuantas hojas quisiera sin que los sobres jamás se vaciaran. Me encontraba a mitad de una escalera y estaba obligado, no te ofendas, a tirar sobre los escalones las hojas ya leídas si quería extraer más de los sobres. Toda la escalera de arriba a abajo estaba cubierta de manojos de hojas y el papel elástico, ligeramente sobrepuesto, enviaba un fuerte murmullo".

 

Carta a Felice Bauer del 28 de marzo de 1913.

 

"La ventana estaba abierta y en mi fantasía inconexa cada cuarto de hora yo saltaba por la ventana, continuamente, luego llegaba el tren y un vagón después de otro pasaba sobre mi cuerpo tendido en los durmientes y profundizaba y ensanchaba mis dos tajos: en el cuello y en las piernas".

 

Carta a Felice, 21 de junio de 1913

 

"... Pero que me dices, Felice, acerca de una vida matrimonial en la cual, por lo menos durante algunos meses al año, el marido regresa de la oficina hacia las 2.30 o las 3, come, se acuesta y duerme hasta las 7 o las 8, cena rápidamente, pasea durante una hora, y luego comienza a escribir hasta la 1 o las 2 de la madrugada. ¿Serías capaz de aguantar todo esto? ¿No saber nada del marido, sino que está en su cuarto escribiendo? ¿Y pasar así todo el otoño y el invierno? ¿Y hacia la primavera recibir a ese hombre medio muerto junto a la puerta del escritorio, para tener que contemplar durante la primavera y el verano como se recupera para el otoño y el invierno? ¿Es esta una vida posible? Quizá, quizá sea posible, pero es preciso que tú reflexiones sobre ello hasta la última sombra de una duda."

 

 Carta a Felice Bauer del 6 de agosto de 1913.

 

"Tuve durante la noche un verdadero ataque de locura, no lograba dominar mis ideas, todo se disolvía hasta que en medio de mi máxima angustia vino en mi ayuda la figura de un sombrero negro como de comandante napoleónico, que se apoyó sobre mi conciencia y la mantuvo apretada con fuerza. Mientras tanto el corazón me latía magníficamente, luego tiré la frazada, aun cuando la ventana estuviera abierta de par en par y la noche estuviese bastante fresca".

 

En julio de 1916, Felice y Kafka toman unas pequeñas vacaciones en Marienbad. Ocupan habitaciones contiguas. Falta aún un año para que contraigan por segunda vez un compromiso matrimonial que se rompió tras ser diagnosticada al escritor la tuberculosis que lo llevaría a la tumba. Muchas cosas habían cambiado para él, incluido su temor a formar una familia. Se lo decía a Julie Wohryzek, la muchacha judía con quien se comprometió por tercera vez y a quien explicó que nada le parecía «más deseable» que el matrimonio y los hijos.

 

Kafka tenía entonces 36 años y hubo de soportar que su padre le sugiriera que si lo quería era sexo podía resolverlo yendo a un burdel. De ese comentario nace la “Carta al padre”, el testimonio más doloroso de la literatura universal.

 

 

Dora Dymant fue la última. Si no se casaron fue porque lo desaconsejó el rabino al que el padre de la muchacha consultó sobre el enlace. Kafka, devorado por la enfermedad, vivió junto a ella momentos de felicidad hasta entonces desconocidos. Quizá en esos meses postreros, tras haber escrito tanto sobre ello, pese a ser un escritor carente de todo romanticismo en el sentido clásico, entendió lo que era el amor.

 

Fuente: Culturainquieta.com

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