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Nota: Cuento: Lucas Debandi   |  Foto: Marcos Doña
MALEVO
02.09.2017 |

Para relajar, para respirar otros aires, para darle paz a la psiquis, el genio de Lucas Debandi nos regaló un cuento: Malevo. Gracias, por la generosidad.

 
 
 
 
Anoche soñé que vivía en la calle de nuevo. Tenía que volver a buscar comida en la basura de los negocios, andaba todo el día sacado, me peleaba a muerte por cualquier estupidez... Esta mañana me dolían los huesos como si de verdad hubiese dormido en el escalón del banco, al lado del cajero, donde no pega tanto el viento.
 
 
Fueron crudos esos años. Los dolores del cuerpo se ensanchan con cada mirada
de desprecio, de lástima, de miedo. El pelo duro de sucio, el malhumor, la ciudad que
aturde a cualquier hora. Fueron crudos esos años. Pero también fueron libres. No hay
libertad más grande que la de no tener nada. Las cosas con el tiempo te van atando, te
embagallan la mochila de la vida, te empieza a costar el paso. Pero no tener nada
también te mata, y te mata rápido. Te llegás a acostumbrar al gusto a sangre en la boca y
sabés que eso no puede durar demasiado.
 
 
Yo de pibe andaba en la calle con el Felipe, pero al poco tiempo él cayó preso.
Se sabía que ahí adentro te trataban mal. Al Felipe, que era bravo, lo hacían pelear por
guita, y si se resistía lo cagaban a palos. En el lugar donde lo tenían había una ventana
larga con rejas, que daba a la calle. Casi todas las mañanas yo pasaba por ahí y me
asomaba: si lo veía durmiendo, o haciendo algo; le empezaba a gritar de todo, para
hacerlo envenenar. Las cosas entre nosotros habían quedado medio podridas, y yo me
aprovechaba de la ventaja que tenía para cobrárselas una por una. El Felipe siempre fue
calentón, y cuando escuchaba las puteadas ahí nomás se subía a la moto y encaraba
corriendo con cara de odio hasta quedar apenas contenido por la reja de la ventanita. Le
daba bronca la provocación mía, pero más bronca le daba estar preso y no poder salir a
estropearme como me merecía.
 
 
Yo sé que no tenía códigos lo que hacía, pero en esa época yo estaba en
cualquiera, no me importaba nada. Intuía, eso sí, que si el Felipe salía me iba a moler:
tenía el doble de estatura que yo y el triple de calentura. Pero yo andaba temerario (y
bastante canchero) y lo agitaba en pose de burla de un lado al otro de la ventana,
floreándome como si no me doliera la panza del hambre y la cabeza del frío. El Felipe
se enojaba hasta las lágrimas y me juraba con los ojos que me iba a matar. Sacudía las
rejas un rato y después se acurrucaba en un rincón, atormentado por la libertad perdida,
pero también indignado por la tortura gratuita que recibía. En ese momento yo me iba
caminando despacio por la cuadra de atrás, como refregándole en la cara que podía
pasear por donde quisiera. Y después seguía mi día como si nada. Como si nada, te juro.
No sentía la carga del rencor ajeno creciéndome en el lomo. No me daba cuenta de que
la llama que avivaba todos los días en el pecho del Felipe, solamente se podía apagar
con mi sangre.
 
 
Recién ahora, que ya estoy viejo, que duermo acolchonado y calentito, que me
hago el piola para poder comer y no salgo más a pelear por ahí; recién ahora que no me
duele más la panza del hambre y la cabeza del frío puedo ver que las cosas que hice no
se pueden borrar con el tiempo. Cada día, cuando salgo a la calle, sé que puede ser el
día que me encuentre con el Felipe, y que se resuelva la venganza. Tanto me pesa que a
veces me dan ganas de ir a buscarlo yo, tratar de sorprenderlo, maximizar mis chances
de salir vivo de esa pelea que no voy a poder esquivar. Cada vez más seguido sueño con
ese día. Con los colmillos del Felipe apretándome el cuello, con la vida escapándose a
chorros por mi yugular. Con un policía que grita !Malevo! como si estuviera en mí
detener el combate. Entonces me despierto nervioso, y entro a la casa corriendo por el
agujero que tiene la puerta, y me subo a la cama de Mónica moviendo la cola para
hacerme el simpático, y la despierto a lenguetazos para que me deje dormir con ella. Y
lloro. Y no puedo entender cómo me convertí en un perro tan cagón.
 
 
Lucas Debandi