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Nota: Cuento: Sol Romero   |  Foto: ilustración: Pablo Bernasconi
Esperanza de terciopelo
07.04.2018 | Mendoza

Ya habían pasado las Fiestas, también la Fiesta de la Vendimia, ese sonido era raro en mayo. Lo escuchó otra vez. Se incorporó en la cama. Qué intriga. Hubo un tercero y esta vez seguido de un grito. Lo conocía, pero lo conocía de cuando lo retaban. Se levantó y antes de salir de su pieza apareció Natalia y le dijo: escondete.

 

-¿Y el Pa? - Preguntó

-Ya viene a esconderse con vos.

Lucas se metió en el placard y esperó. Emilio no llegó, ya estaba en otro lado.

 

Cuando salió, la Nati y esa criatura que tantos celos pero a la vez tanta curiosidad le daba, tampoco estaban. Claro, la Nati lo llevaba siempre con ella.

 

Hace veinticinco años que espera a los tres.

Lucas creció solo. Vivía con su tía pero se crió. Sus padres fueron Soriano y Fontanarrosa. También Quino y más tarde Woody Allen.

Al Gordo lo conoció a los ocho. Hacía frío y el Martín había organizado hamburguesas y un partido por su cumpleaños. “Zarpado, no iban chicas, no había que bañarse”, pensaron todos.

 

De cortos y buzo empezaron a jugar.

Cuando el frío se fue sólo a la mesa de los grandes que estaban sentados, el Gordo se sacó el polar. Otros también. El Lucas lo miró y en su cabeza el partido se detuvo por un ratito. Se le acercó al Gordo, se levantó el buzo para mostrarle su camiseta y contentísimo le contó que el también era de Talleres.

 

Lucas iba desde los cinco años a ver los partidos con Emilio. Cuando lo último que escuchó de él fue ese grito que todavía suena cada vez que se acuesta, los amigos de su viejo se encargaron de llevarlo a la cancha.

Hace diecisiete años que va con el Gordo a ver a Talleres. Los amigos vivos de su viejo lo incluyeron en el grupo, y el Gordo dejó de rogarle a su papá que lo acompañara.

 

La casa del Gordo era tan distinta a la de él. A su viejo le decía padre y su mamá miraba el piso casi todo el tiempo. El lugar lucía siempre impecable y la mesa silenciosa, no como esos almuerzos con la Nati y el Emilio que el Lucas recreaba cada vez que comía con su tía. La Nati y el Emilio siempre discutían por algún libro.

 

Lucas recordabahaber entrado a la pieza de sus padres y encontrarlos absortos en la lectura. Emilio lo dejaba meterse y la Nati le decía: “Ya está grande”. Pero bien que cuando estiraba la pierna ponía un pie sobre el piecito de Lucas. Hoy, con treinta y cuatro, todavía estira la pierna buscando la de su mamá.

 

Boca abajo, él se reía con esa nena de cara redonda y pensamientos de grande, su personaje preferido era Libertad. Cuando se dormía, alguno de los dos lo llevaba a su cama.

 

Emilio doblaba la punta de la hoja para marcar los libros, la Nati tenía un marcador de terciopelo celeste y blanco con un sol bordado en el centro.

 

En lo del Gordo reinaba el silencio. La hermana del Gordo, Clara, servía los canelones. Cuando le sirvió al Lucas, sin querer, rozó su mano y sintió que la conocía desde siempre.

 

En la repisa del comedor había muchas fotos de gente vestida de verde oscuro, en posición de firme como en la escuela y en una de ellas un joven sostenía un fusil.

 

En el comedor de la Nati y el Emilio, había una foto de una señora muy conocida, sonriente y con un rodete.

 

El Gordo y el Lucas eran inseparables. En la escuela eran el gordo y el flaco, los amargos hinchas de Talleres. Lucas escapaba de su casa a la que no sentía su casa, y el Gordo escapaba de la suya en la que sentía tanto a su padre.

 

 Pero Lucas desde que conoció a Clara quiso ir siempre a lo del Gordo. Sentía algo distinto. Al principio pensó que le gustaba, como le gustaba Julia, la de quinto grado. Pero después se encontró mirándola de otra forma.

 

A veces, encontraba la mirada de Clara y creía que ella sentía lo mismo.

 

A los veinte del Gordo y los dieciséis de Clara se fueron de su casa. La mano dura del viejo se había vuelto insoportable. El Gordo había conseguido laburo en una gomería y Clara cuidaba chicos. Alquilaron un departamento diminuto pero tranquilo.

 

Ese domingo, los dos amigos volvían de ver Talleres. Clara leía sentada en el suelo y entre las páginas del libro se asomaba un marcador. De terciopelo, celeste y blanco.