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Nota: Pablo García  
¡¡¡VOS NO ENTRÁS!!!
21.08.2020 | Mendoza, Argentina.

Primer cuento de la antología del escritor Pablo García, de su libro TIEMPOS ROTOS.

A la Chochi le parecía que el cielo era un lugar donde todos podían entrar porque todos eran iguales. Si es que después de la muerte había algo; porque que yo sepa nadie ha vuelto. ¿Y a qué se van a volver si acá es todo una mierda? Decime sino la pobre Tamanga, matada a trompadas que no la reconocía ni el hijo si lavía. Porque no se la dejaron ver porque ¿pa’qué? ¡Pa’ que sufra nomá, pobrecriatura! Es una pena que no haya recibido los sacramentos me dijo el cura en el velorio. Esos chupasirios, mirá, haz lo que yo digo pero no lo que yo hago. ¿Qué sacramento va a recibir una puta, decime vos? Si la Tamanga no vio una iglesia ni en fotos. Que al cura lo llamó doña Elsa. Que doña Elsa siempre la quiso bien a la Tamanga. Que si no yo misma lo saco recagando. Mirá que va a venir a preguntar si estaba en gracia la Tamanga, como si no la conociera. Si en el barrio a la Tamanga la junaban todos. Si yo creo que hasta el cura se debe haber dado una vuelta por ahí. Pero doña Elsa dijo que había que llamar al cura. Y doña Elsa siempre la quiso bien a la Tamanga. Además, yo te digo algo, si la Tamanga no se va al cielo es porque el cielo no existe. Porque al infierno no se va a ir porque el infierno ya lo vivió acá la pobre. Nunca tuvo suerte la Tamanga. Se murió como vivió nomás, a las trompadas.

 

 

Teolinda Flora Carretero Manai nació en Challacota un pueblito de Bolivia cercano al Salar de Coipasa. Su padre, Santiago Carretero, emigró rumbo a Argentina cuando Teolinda tenía tres años. Su madre no les hacía faltar nada. En el rancho había algunos animales que les proveían lana y sustento. Además, la mamá de Teolinda trabajaba a la par de los hombres en la explotación de sales, caliche y bórax en el saladar.

Esperó noticias de su hombre por dos años. Pero llegó el tiempo en que Teolinda debía comenzar la escuela. Pasado ese plazo la madre hizo paquetitos con sus cosas y cosió una bolsita en el interior de sus calzones para guardar su magra fortuna. Degolló o vendió todo lo que había en los corrales de la casa, juntó cada moneda que tenía y saló la carne para hacerla charqui. Cargó sus hijos en un container que la cruzaría, tras la huella de su compañero, por la frontera de Yacuiba. Calladita Telolindita que los zorros no nos quieren dejar entrar. Las chapas del container hervían bajo el sol amarillo y prepotente de Tarija, adentro los bolivianos indocumentados se amuchaban como ganado. Dos días demoraron en la cola de la frontera. Barrera fitosanitaria decía el cartel de la ruta internacional 34. Para Teolinda era el miedo a los zorros, la oscuridad caliente, el silencio expectante de los mayores y el fuerte olor a excrementos que se iban juntando en botellas recortadas.

 

 

La Chochi la había visto crecer y la había visto morir. Se criaron juntas y juntas iban a estar hasta que la enterraran en el cementerio municipal. Yo la hubiera enterrado en un cajón de oro, mirá. Pero la muerte es el descanso y ella ahora va a estar mejor. Si acá estamos pa´ sufrir nomás. Yo a la Tamanga la conocí desde que llegó al barrio. Éramos las dos requetechiquitas si ella se vino de Bolivia cuando tenía cinco años. Que no sé pa’ qué se vino si mirá cómo terminó pobrecita; matada a las trompadas por un borracho malparido, mirá. Que ese tendría que estar en el cajón y no la Tamanga. Pero Dios sabe por qué hace las cosas, mirá. Que ahora no va a sufrir más, porque la muerte es el descanso. Nació pa’ sufrir nomás. Me acuerdo cuando íbamos a la escuela, cómo la hacían sufrir. Porque íbamos juntas a la escuela. Ella empezó después porque primero no la querían dejar entrar por los documentos porque ella era boliviana. Pero después yo repetí primero y a ella la recibieron. Llegamos las dos hasta tercero. Que ahí fue que le empezamos a decir Tamanga. Pero qué no le decían. Si los mocosos son más asquerosos, mirá. Porque viste que ella era boliviana y gordita y bien morochita. Mirá, era chiquitita y se la pasaba llorando nomás la Tamanga. Pero fuimos nomás hasta tercer grado porque después se murió la madre, viste. Y yo dejé por burra nomás pero la Tamanga no. La Tamanga era inteligente pero después se murió la madre y no pudo ir más a la escuela. Pero qué no le decían los mocosos, si viste que los mocosos son más asquerosos cuando no te quieren; se la pasaba llorando, pobrecita.

 

 

 

Era el primer día de clases del año 1961. Teolinda Flora Carretero Manai, boliviana nacionalizada argentina, vestía un inmaculado guardapolvo. Llevaba un par de trenzas prolijamente tirantes a los costados de la cabeza. No hizo más que asomar por la puerta de la escuela y un muchachito más grande, tal vez de tercer grado, le cortó el paso. ¡Vos no entrás porque sos negra! Y, dice mi papá que a los cabecitas negras hay que matarlos a todos. Teolinda se abrazó a su maletín y los ojos se le llenaron de lágrimas. Oportunamente la Chochi la vio y salió en su ayuda. Pero las burlas eran para Teolinda un asedio constante. Ese día llegó a su casa con un cartel pegado en la espalda que decía en imprenta mayúscula LA MOSCA EN LA LECHE.

 

 

La Chochi ahuyentaba con un pañuelo las moscas de arriba del cajón cerrado. Con el mismo pañuelo se enjugaba alguna que otra lágrima que insistía en correrle el rimel. Yo lloro por mí, porque la voy a extrañar. ¿Qué voy a hacer sola ahora sin la Tamanga? Pero por ella no, porque ella ahora está mejor. Lo que pasa que con la Tamanga nos hemos criado juntas siempre. Yo la conozco de toda la vida, pobrecita. Siempre sufrió la Tamanga, sufrió por buena porque para que a una le vaya bien tiene que ser una yegua, mirá. Me acuerdo cuando la Tamanga se puso por primera vez de novia con un muchachito de acá del barrio. Un pibe lindo, iba a la escuela y todo. La venía a ver todos lo días. La Tamanga perdió la virginidad con ese desgraciado que ¿sabés lo que le hizo? Después que la Tamanga le había entregado la virginidad que ahora es otra cosa pero que en ese tiempo era importante. ¿Sabés lo que le hizo pa’l cumpleaño’? Había invitado a todo’ los compañeros de la escuela. Y a la Tamanga no la había invitado. Pero nosotra’ los juimos igual. Pero cuando llegamo’ a la casa a la Tamanga no la dejó entrar. Se ve que le dio vergüenza con los otros que iban a la escuela. Vergüenza le debía dar ser tan porquería, mirá. La Tamanga lloraba, pobrecita. Vos no entrás, le dijo porque están todos mis compañeros y mis tíos. Yo que le iba a decir, mirá. Pero no sabé’ lo que ha sufrido la Tamanga, mirá. Si Dios sabe por qué hace las cosas. Que ahora la Tamanguita va a estar mejor porque la muerte es el descanso.

 

 

Dos prostitutas ofrecían su cuerpo en la zona de la costanera. Apoyadas en la baranda de cemento que bordeaba el río miraban el horizonte que se incendiaba con furia incontrolable. Mientras sus ojos estudiaban en las formas de las nubes las leyes del azar, sus traseros semidescubiertos se ocupaban de las leyes del mercado. Leyes que obligaban a una de ellas, la de más baja estatura a una más baja tarifa a causa de su genética. Era conocida en el ambiente como la Tamanga quien ese día se encontraba particularmente triste. La otra, conocida como la Chochi, propuso tomar un día de descanso. Era el cumpleaños de la Tamanga y tal vez el motivo de su tristeza. Novamo’ a bailonguear al boliche más careta de la ciudad y noemborrachamo’ y la pasamo’ bien. No, no me vengá’ con la plata, ni que no tenís gana’. Yo pago la entrada y los trago’ los pagará algún gil. Dale Tamanguita, cambiá esa cara. Llegan al boliche y forman fila ante la entrada. Tanto glamour apabulla sin embargo las mujeres hacen fila estoicamente. Un gorila de un metro noventa con un corte de pelo neonazi custodia la puerta. Tiene una cicatriz sobre una ceja recuerdo de un pleito en un partido de rugby y se podría jurar que está orgulloso de ella. Con un detector de metales revisa a la gente antes de que entre. Muchos lo saludan con aire familiar. La fila avanza y llegan ante el patovica la Chochi y la Tamanga. ¡Vos no entras! ¡¿Qué no?! ¡¿Qué te pasa, por qué no va a entrar?! Con aire burlón y una media sonrisa el guarda les pide que se coloquen a un costado. ¡Qué por qué no va a entrar, te dije! ¡Es su cumpleaño’, no queremos’problema’ solamente los queremo’ divertir y bailar un rato! No va a entrar por fea, por petisa, por gorda, por boliviana y por mal vestida y si no se van las hago meter presas. La Chochi se salió de quicio y armó un escándalo de mil demonios. Salió un hombre de traje y corbata a pedirles que se fueran porque aquello era una fiesta privada. Pero la Chochi no entendió razones. Las dos prostitutas terminaron la noche golpeadas en un calabozo de la seccional Nº 29 atendiendo gratis y a la fuerza a todo agente que se quiso divertir con ellas.

 

 

Vaya a saber si alguno de aquello’ policía’ no es el padre de Santiaguito. Mi hijo no tiene padre y punto, decía la Tamanga. La Chochi le había insistido para que abortara pero la Tamanga lo quiso tener. Y ahora sin madre, mirá. Que lo va a cuidar Doña Elsa, pobrecito. Que Doña Elsa siempre se lo cuidó. Porque Santiaguito no sabía de qué laburaba la madre, mirá. Pero se la via más contenta a la Tamanga desde que nació el Santiaguito. Siempre se lo cuidó Doña Elsa para que ella pudiera trabajar. Porque nunca le hizo faltar nada la Tamanga al Santiaguito, mirá. Y, ahora no se la dejaron ver pobrecriatura, porque para que no sufra, bonito. Tenía que trabajar más la Tamanga porque los pañales y la leche…, pero no se quejaba nunca la Tamanguita. Que era la luz de sus ojos el Santiaguito. ¡pobrecriatura!

 

 

Teolinda Flora Carretero Manai dio a luz un varón en el hospital Ballester. Fue un parto sin dificultades. El niño nació por parto normal a las 0:00 hs del primero de enero de aquel año. Pesó tres kilos, ochocientos cincuenta gramos. Su madre, aunque no recibió la peridural ni ningún otro calmante, no se quejó de dolor alguno. Lo parió en silencio, cerrando los ojos y apretando las muelas en cada contracción. El niño fue inscripto con el nombre de Santiago Carretero. Los datos del padre no fueron registrados. Pobrecita la Tamanga no pudo ni esperar la cuarentena. Tuvo que salir a laburar ahí nomás, mirá. Por los pañales, viste y la ropita y todo porque la Tamanga nunca le hizo faltar nada al Santiaguito. Que yo la enterraría en un cajón de oro, mirá. Nunca se quejó la Tamanga desde que nació el Santiaguito. Mirá que le tocó hacer cada cosa a la pobre. Porque los tipos son así, mirá. Si ven que tení’ necesida’ se aprovechan. Porque nadie te va a ayudar. A la Tamanga nunca la ayudó nadie, mirá. Doña Elsa nomá’ que siempre la quiso bien a la Tamanga y le cuidaba el Santiaguito. Pero de afuera nadie te va a ayudar. Pero la Tamanga no se quejó nunca. Desde que nació el Santiaguito la Tamanga no tomó más, ni nunca más se quejó, ni nada. Nada más trabajaba para él que era la luz de sus ojos, mirá. Si yo la enterraría en un cajón de oro, pobrecita. Y, ahora viene el cumpleaños del Santiaguito, pobrecriatura. Que la Tamanguita estaba juntando pa’cerle un regalito.

 

 

Teolinda Flora Carretero Manai se prostituía en la zona de la costanera. Siendo objetivos se podría asegurar que no se acercaba a los parámetros de belleza de la sociedad actual. Esto en desmedro de las conveniencias de su profesión. Para poder ganar lo que otras, Teolinda Flora Carretero Manai se veía obligada a prestar servicios que otras denegaban. Ella, fundamentalmente por una necesidad económica, atendía sin poner mal gesto a los caprichos más oscuros de sus clientes. Así, se dejaba penetrar por donde fuera menester. Atendía a más de un hombre a la vez. Dos, tres, cinco, una delegación de turistas borrachos. Teolinda se dejaba ensuciar, golpear, humillar. Enfrentaba cada noche de trabajo como si no existiera. Como si lo único que existiera fueran las necesidades de su hijo.

 

 

La noche del pasado jueves una camioneta llena de hombres borrachos, vestidos con camisetas deportivas frenó en la costanera. La Chochi y la Tamanga subieron entre manoseos y chistes soeces. La música levantaba los techos y dejaba un rastro de sordas percusiones en la noche tranquila. La camioneta se detuvo nuevamente en el estacionamiento de un camping a las afueras de la ciudad. Adentro, en un quincho, esperaban más hombres, más gritos, más música estridente y un barril de cerveza negra. Las estelas de eufóricos desbordes se perdían en la inmensidad de los pastizales. A la Tamanga le pareció que lo que había tras el quincho eran canchas de rugby. En una parrilla chirriaba carne en abundancia. Los juegos empezaron. La Chochi se emborrachó como una cuba para poder aguantar el ritmo. Sobre la mesas de cemento se vieron peinar algunas líneas de cocaína. Era aquello una bacanal de cuerpos desnudos. La Tamanga los atendía a todos como poseída de una lujuria resignada y generosa. La Chochi gemía casi inconsciente. Entonces de esa confusión de rostros y cuerpos desnudos surgió uno que rasgó el ánimo de la Tamanga. Lo reconoció por la cicatriz sobre la ceja. Era él, lo odió. ¡Vo’ no entrá’! Le dijo cuando el gigante arrimaba excitado su desnudez. ¿Qué pasa mamita, me tenés miedo? ¡Quedate calladita que no te va a pasar nada! ¡No te quiere porque la tenés chiquita! Ja Ja Ja Ja. ¡Vo’ no entrá’! , dijo de nuevo la Tamanga. Trataron de sujetarla y lograron inmovilizarla por un segundo. Bastó para que la Tamanga fijara en el gorila la mirada. Entonces no hubo dudas, era él. Era el zorro en la frontera golpeando las gomas del camión con un palo. Era su primer novio. Era tantas veces la policía. Era el abusivo de la escuela haciéndole una zancadilla. El cartel en la espalda. La puerta cerrada, la humillación, la soledad, el tipo de la puerta del boliche. La Tamanga se zafó de la infinidad de manos ebrias. Le partió una botella de ginebra al gorila en la cabeza. El tipo se levantó hecho una furia trastabillando con la cara ensangrentada. La Tamanga poseída tuvo tiempo de decir una vez más:¡¡¡VO’, NO ENTRA’!!!