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|  Foto: Ilustración: Pablo Pavezka
Industria Argentina
2013 | Juan Martín Alonso

La facha es lo que menos importa cuando uno está en su casa. Esta es mi conclusión cuando de repente analizo mi vestimenta. De pies a cabeza sería algo así como un verdadero despropósito a la estética:

 medias rojas gruesas y de lana, chancletas tipo Diego en el 90, pantalones cortos que ya cualquiera hubiese tirado al carajo, remera verde y un chaleco que me prestó mi viejo, marrón y a rombitos. Todo es realmente cómodo, pero, en conjunto, una asquerosidad a la moda. Así estaba sentado en la computadora tratando de escribir un cuento para esta misma contratapa, cuando de pronto golpean la puerta.–

 

Buenas tardes, con el señor Alonso.

 

–Sí, soy yo– respondí. Al tipo lo conocía de alguna parte.

 

–Mire, lo vengo a buscar, no sé si tiene tiempo. Sé que usted anda tratando de entender un poco los dilemas de la Argentina ¿no es así?

 

–Sí, creo que sí. Pero como cualquiera, me parece– le dije.

 

–Sí, claro, lo que sucede es que usted ha llegado al punto en que necesita una clara explicación. Cada tanto nos parece justo brindar explicaciones. A eso nos dedicamos.

 

–¿A buscar? ¿Y a dónde iríamos?

 

–Bueno, mire, si me acompaña en el auto le explico.

 

Me cambié, me puse más careta y salimos. Íbamos en un auto ochentoso, y el tipo no sé por qué me caía bien. Venía de frac y patines. Sí, de frac y patines.

 

Llegamos a un portón tan grande como los del Parque, pero estaba cerrado. El chofer del auto apretó un control remoto y se abrieron lentamente para mostrarnos una recta, diríamos, al infinito. Habremos andado unos dos minutos, no más.

 

–Mi nombre es Tato– y me estrechó su mano. Yo sabía su nombre y su carisma me encantaba. Sonriente, pícaro, con un jopito en la parte superior de su peluca me invitó a bajar.

 

–Esta es la Industria Argentina, amigo…

 

–Juan.

 

–Juan, sí. Perdóneme. Ya estoy medio cachuso. Le decía que esta es la Industria Argentina, y por acá alguna vez hemos pasado todos. Todos, usted, yo, mi tía, mis primos, sus papás, los presidentes… En fin, todos los argentinos. Usted, cualquier cosa, me interrumpe.

 

La cuestión es que a su voz la escuché muchas veces de chico. Y recién ahora comprendo que en aquel momento no entendía sus chistes, pero me encantaba. Empezamos a caminar como por una especie de parque, muy grande y con algunos edificios. Jamás había visto un lugar así. Pasamos una barrera y nos subimos a un carrito de golf, de esos que se han adaptado a las canchas de fútbol para sacar a los lesionados. Arrancamos y paró bruscamente en el camino.

 

–¿Ve allá?

 

–Sí claro.

 

–Bueno, esa es la máquina que fabrica laburantes. Son muchos, fíjese bien, y anda todo el día. Fíjese el humo que lanza la máquina, y la puerta que se abre cada diez segundos. La máquina larga casi 63 laburantes por minuto. ¿Los ve?

 

No podía responder, del asombro. Salían tipos con los ojos cerrados, como dormidos, pero de pie. Había muchos chicos, pibes de no más de quince años, señores de cincuenta o sesenta, muchachos de treinta, mujeres como usted, quizás. Y la máquina tenía retorcidas tuberías en la parte de arriba. Parecía que trabajaba fuerte, por el abrir y cerrar de la puerta, y a una temperatura considerable.

 

–¿Listo, Juan? Venga, acompáñeme, que tenemos que ir caminando hacia allá. Bah, usted, porque yo voy en patines.

 

Nos cruzamos con mucha gente que no nos distinguía. Mejor así. Miré el cielo y era igual que siempre. Sólo que la Industria Argentina era como una ciudad aparte.

 

–Mire, querido Juan, esta es la máquina de héroes silenciosos, como le llamo yo. Son hombres y mujeres que vivirán en un eterno anonimato, pero que en sus mundos serán queridos de una manera especial. Son distintos, son, digámoslo bien, imprescindibles. Su palabra me quedó retumbando, y un rato los dos quedamos a la espera de que salieran algunos. Y ahí aparecieron.

 

–¿Y esta máquina cuánto está tirando?– le pregunté con un total desparpajo, como si los hombres fueran botellas o diarios.

 

–Y, esta está en un promedio de 14 por minuto. Ha bajado en los últimos dos años. Pero venga por acá, que la máquina que le voy a mostrar le va a gustar. Habremos caminado media cuadra y pasamos por una puerta donde había dos guardias.

 

–Esta máquina es un orgullo para nosotros. ¿Usted es periodista deportivo, no?

 

–Sí, claro.

 

–Bueno, fíjese el detalle, esta es la máquina de hacer futbolistas. Muchos de ellos, la mayoría, tiene el futuro asegurado. Salen como pan caliente y varios países quieren copiarnos la fórmula, pero, claro, la Industria Argentina jamás dará su secreto. Por ahora es imposible que nos copien, aunque tiene un defecto, a ver si se da cuenta.

 

Me puse a mirar y salían un montón de muchachos ya listos con sus botines y preparados para gritar algún gol. Cada tanto, un arquero. Lo raro es que junto a ellos había algunos tipos.

 

–¿Y esos de ahí?– lo consulté.

 

–Esos son algunos padres, eso es lo jodido. Están junto a ellos desde que salen de fábrica, por la simple razón de que creen que se van a salvar gracias a sus hijos. No les importa mucho el fútbol en sí, o la bonita dinámica de un caño o un gol, sino más bien lo que buscan es salvarse económicamente. Y, justamente ellos, casi nunca llegan.

 

–¿Y esta máquina anda bien?

 

–Le diría que casi es una joya, pero no. Casi no saca laterales, marcadores de punta, defensores. Pero están ajustando unas tuercas y la semana que viene hacen unas pruebas. Habrá visto que en el Mundial lo sufrimos.

 

Esta máquina era silenciosa y los tipos salían cada dos o tres minutos. Eran tandas innumerables, eran muchos.

 

–Venga por acá, le muestro una que está casi en desuso. Llegamos a una algo vieja y gastada.

 

–Bueno, esta es la genuina. Por lo natural y porque de aquí salen genios. Pueden ser científicos, actores, pintores y hasta deportistas consagrados. Es una máquina especial, y es cierto que son contados los que a veces salen a la luz. Dos por año. Igual, es mejor que nada, ¿no le parece?

 

Volvimos al carrito y Tato me explicó un poco más de la Industria Argentina.

 

–Yo sé que usted es periodista deportivo, pero para entender a la Argentina es fundamental estudiar historia. Acá nos bajamos, porque necesito mostrarle la supermáquina de la Industria Argentina. La máquina de las máquinas.

 

Era enorme, tan enorme como un estadio. De pilares sólidos, no tenía una puerta, sino seis. Y salían y salían argentinos que formaban fila hasta subirse a un bondi. Esta máquina tenía tres chimeneas, de las que salía un humo celeste y blanco, claro.

 

–Bueno, esta es la máquina más grande que tenemos en la Industria Argentina, pero, ojo, no se confunda, mi chichipío. No es para ponerse orgulloso. Le tiro el número nomás para que se sorprenda: son mil trescientas cincuenta y dos personas por minuto y por puerta. Si no me falla el marulo, son ocho mil ciento doce por minuto, contando las seis puertas.

 

–¿Y qué salen de allí?

 

–Bueno, es lógica su pregunta. De allí salen argentinos, digamos, básicamente. De esos que se creen que son vivos y que siempre están con la astucia criolla a flor de piel. Los típicos cancheros, mentirosos y estafadores. Los que se creen que laburan y no lo hacen, los que afanan, los que se guardan algún vuelto. Salen, me duele decirlo, muchos políticos, pero hay que ser justos, salen también muchos periodistas, y salen infinidad de abogados. Salen médicos también, no se crea, y algunos mecánicos de autos. Salen, digamos, de casi todos los rubros. Y todos votan, muchos votan a quienes les dicen. Y la mayoría de ellos empañan profesiones nobles y hermosas… Esta máquina debería bajar el promedio, nos ayudaría un poco a todos.

 

–Perdone la pregunta Tato, ¿esta máquina cómo se llama?

 

Tato sonrió, hizo una larga pausa, sacó unos habanos y los encendimos. Luego de la primera pitada respondió apenado.

 

–Esta es la máquina de cortar boludos. ¿Lo llevo a su casa?

 

Dedicado a Tato Bores (1927-1996),

 

por las noches en que me encantaba verlo

 

andar en patines y atender miles de teléfonos.

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