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Nota: Gonzalo Ruiz   |  Foto: Pablo Pavezka
Balada para un provinciano
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En la Capital Federal no existen los puntos seguidos, menos los aparte, en la Capital Federal se usan las comas y, sólo a veces, las menos, y todo lo demás es una oración sin fin, continuada, loca, agotadora, que no para un segundo, porque en la Capital están todos piantados, desquiciados, alterados, es así, sin vueltas, porque no alcanzás a bajar del bondi en Retiro y un tipo con cara de cambio-dólares-cambio-dólares te dice que es remisero y que te lleva adónde quieras y le decís que no, que gracias y seguís caminando y a los tres pasos otro tipo te pregunta lo mismo y le decís que no, que gracias y a los tres pasos otro tipo te pregunta lo mismo y le decís que no, que gracias y de caliente te vas solo caminando hasta ubicarte un poco y entender por dónde hay que agarrar para ir a un hotel, porque en la Capital Federal no existe la cordillera, entonces cuesta uno y tres cuartos del otro ubicarte si sos un principiante, el norte queda en cualquier lado menos en el norte, lo juro, y así se complica ir hasta el Obelisco y a veces creo ubicarme, aunque dudo un poco, y siempre camino de más, pero tengo que ir a la cancha de Banfield porque juega el Tomba y me subo a un tacho y le digo al tachero que por favor me lleve a Banfield, bien al Sur, y me dice que sí, que cómo no, que cómo llovió anoche, que qué calor hace hoy, que lo que mata es la humedad, que la gente está loca, que están todos acelerados, que nadie frena, que todos hablan, que de dónde soy, que así que soy mendocino, que así que soy periodista, que qué lindo Mendoza, que qué buenos vinos tiene Mendoza, que él siempre toma Malbec, que él conoce Mendoza porque fue hace unos años al partido de San Rafael, y le digo departamento y me mira con cara de no entender y tardamos horas en llegar a Banfield y me cuenta que a la vuelta de la cancha de Banfield vive su hija y que él va todos los domingos a visitarla, pero justo mañana no va a ir porque se junta con amigos para comer no sé dónde y por fin llego a la cancha y entro a la cancha y vamos el Taladro, vamos, y todos cantan y siento una corneta que me suena en el oído y empieza el partido y Banfield le pinta la cara al Tomba y le gana 3 a 0 y al partido le sobra un tiempo y los de Banfield cantan que la vuelta van a dar de la mano de Julio César y los tombinos se van con la cabeza gacha y chau partido y de vuelta al hotel y a escribir sobre el partido y el conserje del hotel que pregunta con tono irónico cómo salió el partido y se hace el canchero y mando las notas al diario y me voy a dar una vuelta por el centro y justo me meto un sábado a la noche en plena calle Corrientes y en las mínimas veredas, súper angostas, cientos de personas hacen cola para ver el espectáculo de, por ejemplo, Carmen Barbieri –sí, Carmen Barbieri– y pienso que nunca voy a entender a los porteños y sigo caminando hasta que entro en un restorán cualquiera a comer algo y elijo una mesa en el sector no fumadores y estoy solo y está bueno, creo que voy a estar tranquilo, pero al toque se sientan en la mesa de al lado –y decir mesa de al lado significa que casi chocamos los codos con los vecinos– una madre de sesenta y una hija de treintaypico, y las dos hablan a los gritos del marido de la madre y del ex marido de la hija, y se quejan de que están gordas y se piden parrillada para tres, sí, para tres, y se quejan de que el chorizo no está bien cocido y el mozo les pide disculpas y mientras esperan los nuevos chorizos, la hija canta canciones de Cacho Castaña y después le cuentan al mozo que acaban de ver, en el Rex, al gran Cacho y siguen comiendo y el vinito que me tomé me pegó un poco mal y me canso de escuchar a mis vecinas y pago y me voy rumbo a un antro donde toca el grupo Falopa, y voy ahí, no por el nombre del grupo, mamá, papá, quédense tranquilos, sino porque el cantante de esa banda es el director de la revista Barcelona, la mejor revista del país, entonces me voy solo, tranquilo, a ver qué onda esa banda y llego a una especie de biblioteca-bar-bohemio-medio-chicón, entro como si fuera mi casa, y ahí está Falopa tocando en vivo y me pongo a contar y en total somos 37 personas que estamos ahí escuchando unas canciones súper delirantes y en el escenario hay cinco tipos, tres con guitarras, uno con bajo y el restante canta, y al lado mío un travesti gigante, que me saca dos cabezas, canta todas las canciones y pienso que debe ser una groupie de la banda y más adelante dos tipos vestidos de negro, muy darks, me dan miedo, pero después, en un momento de silencio total entre tema y tema, escucho que uno le dice al otro que su perro anda mal porque le cambiaron la comida y no se acostumbra, y Falopa sigue tocando y casi muero de risa cuando escucho un estribillo que dice algo así como “pintarse la cara color esperanza, pintarse el culo color decepción”, y después de una cerveza y varias canciones, todo concluye al fin, nada puede escapar y doy las gracias, me compro el disco de Falopa y retomo, feliz, por Callao el camino al hotel y al toque me cruzo con un colorado de mechas que parece Axl Rose, al lado de un rubio de mechas que parece Kurt Cobain y también va una chica en el medio de los dos, pero trato de no verla porque me da miedo de que sea Courtney Love y sigo caminando y aparecen dos tipos muy metaleros, con camperas de cuero, caras de malos y mechas muy mechudas y miro para abajo porque quizás alguno sea Pappo resucitado y ya me empiezo a volver medio paranoico, estoy un toque perseguido y camino con la vista en el piso hasta que no sé por qué la levanto y veo a un tipo, saco color mostaza, corbata roja, sombrero de tanguero, apoyado contra una pared, que me mira y me dice “pibe, estoy así de triste, por una mujer que se parece a la palabra nunca”, y el tipo es una mezcla de Juan Gelman y Julio Sosa y ya empiezo a caminar mucho más rápido porque en la Capital Federal son todos locos o son todos conocidos y quiero llegar al hotel y escucho que alguien me está chistando y me doy media vuelta, casi por inercia, y el tipo que sale de un edificio descascarado es René Houseman, el Loco, uno de los mejores jugadores que dio el fútbol de este país, y no lo puedo creer y el Loco se ríe y me dice que lo acompañe con una cerveza y no me puedo negar y nos sentamos en un barsucho que tiene casi todas las sillas sobre las mesas y está por cerrar, pero René dice que nos hagan la gauchada de esperarnos, y me sirve y me dice que me chistó porque me vio cara de miedo y porque se quería tomar una birra con la compañía de alguien y se me pone a contar historias del Huracán del 73, de las veces que jugó en pedo y me dice que a él, lo que lo mató fue la garufa, y el mozo que nos atiende, y que ya nos trae el tercer porrón en menos de una hora, tiene un gran parecido a Francella, y de repente afuera se escucha la sirena de un móvil de la policía y un auto que pasa muy rápido y sirenas y gritos y unos tiros y el caos se aleja y Houseman me dice que se tiene que ir, que fue un gusto, que ya va a ir a las bodegas de Mendoza y se ríe y yo no sé cómo reaccionar y cuando salgo del bar ya empieza a amanecer y trato de buscar la calle que me lleve hacia el hotel y no la encuentro y aparece un tipo con cara de remisero y me dice cambio dólares y empiezo a correr, ya quiero salir de esta ciudad de locos y a lo lejos suena un bandoneón y una melodía que me paraliza y una voz áspera que me llena los oídos y, al fin, después de un día largo, intenso, cansador, siento algo de paz cuando escucho al Polaco Goyeneche cantar “ya sé que estoy piantao, piantao, piantao, no ves que va la luna rodando por Callao...”.

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