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Nota: Analía Martín
| Foto: Martín Pravata
Tonolec: ese fuego que enciende
30.06.2012 | Cine teatro Universidad
Vísperas de Año Nuevo del Sur, solsticio en puerta, alguien me advirtió antes de entrar al teatro pero yo no hice caso. Pasó un sismo de 5,1 grados de magnitud… y ahí entendí. Pasó Tonolec por Mendoza, pasó el canto de la tierra.
Debería haber respirado profundo varias veces. Haber comido liviano. No estar pensando en lo que haría luego. Me dijeron: “Es como un viaje ancestral” y yo, diminuta por descreer de ese otro pensé: “Puf… patrañas de hippie”. Y entré al Teatro Universidad. Eran las 23.30 del sábado 16 de junio. Vísperas del Año Nuevo del Sur: cerca del solsticio, cuando se da inicio del ciclo de la vida, que es en todos lados en el momento de más frío del año, para luego empezar a crecer con el aumento de temperatura. Comencé esa noche mi solsticio, el interno, junto con 800 personas. La noche más larga comenzó justo cuando Charo Bogarín cantaba “y ahora que ha pasado tanto tiempo, desde que te fuiste sin lamentos…”
Charo es formoseña y era, hasta hace un tiempo atrás, periodista (o lo es, nunca se quita del todo). Escribía y escribía artículos periodísticos en una redacción durante 7 años, al tiempo que escuchaba a PJ Harvey.Un día, cerca de cumplir 30 años oye los cánticos de las mujeres del coro "Chelaalapí" –que en toba significa ‘banda de zorzales’–.Esas aves no solo le trajeron el canto, sino que reavivaron a sus ancestros y descubrió que su tatarabuelo había sido el cacique guaraní Guayraré. Y que su padre fue un congresista peronista desaparecido durante la última dictadura militar. Desde ese despertar, Charo absorbió el canto de las mujeres de manera directa, escuchándolas y cantando con ellas. Ahora su voz tiene el color que tiene ese canto, esa especie de lamento, de quejido. De aquel entonces ya no es la misma, vive con el espíritu alborotado y la sangre masculina de su familiase materializa en su charango y bombo legüero.
Una noche, hace 12 años atrás, Charose encontraba en una fiesta “de terraza”. Cantaba canciones de Portishead y PJ Harvey. Una amazona de vestido dorado. Diego Pérez la vio, la escuchó y desde ese instante fueron “el yin y el yang”, tal como lo cuenta ella misma.
Diego es chaqueño, fue siempre músico (de eso tampoco se vuelve), es tecladista, guitarrista y programador. Munido de un sintetizador y una laptop es quien crea los bosques, montañas y mares llenos de animales, niños y criaturas; por donde transita la “voz de oro” –como alguien del público la definió– de Charo.
Tonolec significa ave caburé. Ambos narran que la gente de la comunidad toba les contaron acerca de la leyenda de esta ave. “Es un ave que con su canto atrae a su presa. Un día, el ave abusa de su poder y come más presas de las que necesita. Entonces, los dioses la castigan y le dicen a todos los cazadores que sus plumas traen suerte. Así el pájaro empieza a ser perseguido y desplumado”. Es un nombre-amuleto, que los cuida de sufrir la misma suerte.
Durante más de una hora y media, melodías inspiradas en la música toba sobrevoló el viejo y querido Teatro Universidad. El quejido de animales en el monte, la risa de los niños, un susurro de algún anciano, el viento, el fuego, toda la pachamama se hizo canción. “La música que hacemos con la computadora se ve influenciada por las texturas y las rugosidades de la música toba y los sonidos del monte. Tímbricamente trabajamos mucho los sonidos, los colores de los sonidos para que se acerquen a ese color de la tierra, a ese color de los cantos, a ese color de la rugosidad de la música toba. La repetición también es un punto de encuentro. Ellos tienen cantos repetitivos que te hacen entrar en determinado estado, como un mantra, y la música electrónica también los tiene, y en ese punto se potencian”, dice Diego, cada vez que alguien le pregunta por esta conjunción entre la electrónica y la cultura toba. No se descuida nada, ni los silencios. “Lo aprendimos un poco de la música pero también de ellos (la comunidad Toba), eso de utilizar más los silencios y de decir mucho más con los silencios que con las palabras. También incorporamos eso a nuestra música”.
Tonolec tiene editado tres discos, tres rincones del mundo, y los vimos aquella noche. Antes de cantar La cazadora, segundo tema de su primer disco: Lamento; vino la dedicatoria. Charo ofreció este tema para todas las mujeres del teatro. Para que ninguna mujer se deje dominar, para que las mujeres elevemos nuestras propias voces. Le siguieron temas como Techo de paja, En busca del sol, Baila baila, Ay corazoncito.
“¿Hay niños en la sala?”, preguntó Charo. Es que venía Mi caballito, una canción compuesta para los niños. “La idea es que si le vamos a cantar a los niños con un idioma que no conocen, como el inglés, yque después repiten como loro; bueno que sea en el idioma nuestro, de nuestros ancestros, de los dueños de esta tierra. Que lo aprendan al menos por fonética, y así, el lenguaje sigue vivo”.
Llora tus penasfue el tema que le dedicó la voz de Tonolec a la mujer más importante de su vida: su madre. Es que, luego de buscar durante tres años a su padre desaparecido, ella, su hermana y su madre se mudaron a Resistencia, Chaco. Ahí su madre consiguió trabajo, pese al dolor de la muerte inconclusa de su esposo,desaparecido; la madre de Charo siguió adelante. “Anda mi madre buena, anda vendiendo pan, anda escondiendo pena que no se le van más. Mira madre, muele la avena, pasa el trigo pa’ nuestro pan, muéstrales que nada te apena, límpiala con tu delantal…”
Ese encuentro con la esencia, los colores y sabores que tiene la tierra en la que se ha nacido quedó sellado cuando llegó Zamba para olvidar, de Daniel Toro. Una versión de las entrañas. Para recordarnos que esto es Cuyo.
El viejo Teatro Universidad, entre sus pasillos, guardaba un tesoro, un instrumento: la celesta. “Esta tarde, después de la prueba de sonido, el equipo técnico encontró hurgando en este hermoso teatro, este instrumento. Comenzaron a tocarlo, Diego y yo lo escuchamos, y guiados por Dios fuimos hasta donde salía ese sonido, y ahí encontramos a uno de los chicos tocando la celesta”. Es un instrumento de percusión ruso, perteneciente a la orquesta. La celesta aún conservaba el polvo, pero no importó, y sonó bellabajo las manos de Diego Pérez cuando interpretaron Canción de Cuna.
Ya es tiempo de volver. Y se vuelve con la misma intensidad con la que ingresamos y transitamos por este paseo antropológico y tan nuestro. Con Cinco siglos igual cantado en idioma q’om, Tonolec comenzaba a despedirse. Flecharon luego este encuentro marcado a fuego con Antiguos dueños de las flechas (Indio toba) de Félix Luna y Ariel Ramírez.
Cuenta Eduardo Galeano, en El Libro de los Abrazos. Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta contó. Dijo que había contemplado desde arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos. –El mundo es eso –reveló – un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende.
Gracias Tonolec, por ese fuego que enciende. Video Clip
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