Nota: Gonzalo Ruiz   |  Foto: Marcos Doña
¿Cuántas veces más vas a ver a La Renga?
25.10.2016 | Malargüe. Mendoza
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La banda de Mataderos pasó por Malargüe. Crónica de viaje entre asados, amigos, recuerdos y preguntas.

Sábado, seis am. Amanece casi en el momento que agarramos el acceso sur y apuntamos a Malargüe. El Cordón del Plata marca el camino. El Tocayo baja la ventanilla del auto para hacer un videíto de tanta belleza junta. Y el Chizzo nos da la bienvenida con Motoralmaisangre: “Revisa todo, en tu interior / para salir en la mañana / detrás del sol”. Qué lindo es viajar con la excusa del rock.

 

Me pongo a pensar que hace años siempre escucho la misma pregunta antes de estos viajes: “¿Cuántas veces más vas a ver a La Renga?”. La respuesta ya me sale sin pensarla: “Todas las que pueda”.

 

¿Cómo no voy a ver a La Renga si esta banda me enseñó que en la vida hay que elegir cualquier camino que tenga corazón? ¿De dónde sacaría fuerzas en los momentos jodidos si no existiera Tripa y Corazón? Nadie en la escuela me explicó que el horizonte siempre, siempre, es un peldaño más. La voz áspera del Chizzo es una de las bandas de sonido de mi vida. Por esas razones –y muchas otras– es que ahora estoy –estamos– en camino hacia el sur en busca de la locura de la locura.

 

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Vi por primera vez a La Renga cuando tenía catorce años: un 21 de septiembre en Luz y Fuerza. Me explotó la cabeza. Fui con una noviecita que quería mucho. Me acuerdo que ese día ella consiguió un autógrafo del Chiflo (ex saxofonista de la banda) y me lo regaló. Lo guardé como un tesoro. Al otro año ya fui con mis amigos de la secundaria (mi noviecita me había dejado). Entramos al estadio de Andes Talleres apenas abrieron las puertas. Nos pasamos toda la tarde sentados en el círculo central. Pocas veces tuve tantas expectativas por algo. Pocas veces vi un recital tan inolvidable.

 

Pasaron casi veinte años y acá estamos, con mis amigos de la secundaria que hace rato ya son hermanos de la vida, sentados en algún lugar de Malargüe. El fuego baila y la parrilla está cargada. Nos acordamos de viejos toques. Lo veo al Lucas y no le entra más felicidad en la cara y el corazón: hoy se está dando el gran gusto de traer al recital a su viejo, el Oscar, y a la Michi, su hija, que con nueve años tendrá la suerte en unas horas de ver por primera vez a La Renga.

 

También hay otros grupos de amigos, porque La Renga, ante todo, es una gran familia. Se fueron sumando carpas y esto ya parece un campamento. Están mis amigos periodistas, y amigos de amigos que sólo veo en los recitales. Malargüe está tan soleado que parece las sierras cordobesas.

 

 

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Sábado, nueve pm. El polideportivo municipal es parecido al estadio Pacífico. Entran seis mil personas. Ver a La Renga en un poli cerrado, a esta altura, es un lujo. Podrían tocar tres veces al año y meter, no sé, sesenta mil personas por toque en un estadio de fútbol. A lo Indio, pero no tan faraónico. Pero no: La Renga decidió cambiar el eje de los recitales. Entonces salieron a girar y tocar muchísimo, a recorrer pueblos de todo el país y armar recitales más chicos y disfrutables. A su último disco, Pesados Vestigios, lo presentaron en enero del 2015 en Rumipal. Desde ese día hasta hoy han metido 29 recitales. Este año llevan 13 y está al caer, por lo menos, uno más. Estos viejos tocan más que a los veinte años. Imposible no quererlos. Y no nos olvidemos que están prohibidos en Capital Federal, La Plata y el Gran Buenos Aires.

 

Las luces del poli se apagan. Sube esa hermosa sensación por la panza, esa electricidad que te recorre el cuerpo porque sabés que ya empieza. Se me acerca el Negro, el tipo con el que más kilómetros he hecho por todos lados para ver a La Renga. “Otro más, Ruí”, me dice y miramos el escenario. Suena el primer acorde.

 

Bienvenidos al ojo del huracán.

 

 

 

 

 

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La Renga sólo tocó tres temas de su último disco, un muy buen disco, pero todavía menos conocido y escuchado que los más viejos. Después, durante casi tres horas, se dedicaron a tirarnos por la cabeza canciones que ya son clásicos que erizan la piel o agitan el corazón o te llenan los ojos de lágrimas o, en realidad, todo eso junto.

 

Sin repetir y sin sopar, tocaron de un tirón: A tu lado, Desnudo para siempre, A la carga mi rock and roll, Detonador de sueños, Oscuro diamante, Rey de la triste felicidad, El twist del pibe, Tripa y corazón, Panic Show, Arte infernal, Oportunidad oportuna y La razón que te demora.

 

No hay cuerpo que resista tanto temones uno al lado del otro. El público ya no da más de saltar, bailar, gritar y poguear. Ves al escenario y la sensación que hay es que el Chizzo, el Tete y el Tanque pueden seguir tocando toda la noche, toda la semana, toda la vida. Después de tanto agite se acerca el final. Meten El final es en donde partí, Luciendo mi saquito blusero, Psilocybe mexicana, El viento que todo empuja y Hablando de la libertad.

 

Desde hace rato nos miramos con mis amigos: no lo podemos creer, ninguno recuerda semejante lista de temas.

 

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Domingo, tres pm. El día está nublado y la lluvia está al caer. La ruta, por momentos, es una línea directa al infinito. Pasaron los asados, los ferneses, los vinos, los pogos, los gritos, el calor, la humedad, la emoción, los abrazos, los saltos, la noche, la carpa. Ahora queda el dolor de garganta, el dolor de piernas, de gemelos y de espalda. Crecer no es gratis. Pero también queda esa felicidad que sólo generan los recitales.

 

Veníamos hablando con el Mati del libro de Maradona sobre el Mundial del 86. En la última línea, el Diego se pregunta: “Y después de Messi, ¿qué?”. Justo se largó a llover con furia y la ruta se complicó. Tuve que poner atención al volante. Hubo un largo rato de silencio. Sólo se escuchaba algo de música, pero muy bajo. Anoche tocaron también Cuando vendrán, y me quedó dando vueltas una de las frases de esa canción: “Cuando el mundo no tiene respuestas o se vuelve incomprensible”. La Renga, pienso ahora, es ese lugar al que necesito volver cada vez que no puedo entender lo que nos rodea, lo que nos pasa. La Renga es la sombra del árbol donde me puedo tirar a descansar para encontrar algunas certezas. En eso, el Mati parece despertarse y me larga una preguntar que corta mi divague.

 

Y después de La Renga, ¿qué?”.

 

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