Nota: Lucas Debandi   |  Foto: Martín Bonetto
Indio: Hasta que la muerte nos separe
13.03.2017 | Olavarria
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            Hace unos meses, el Indio Solari anunció públicamente que estaba muy enfermo. Así nomás. No hubo explicaciones, pronósticos, ni mucho menos partes médicos. Con su estilo hermético de siempre, les habló a los ricoteros del mundo para hacerles llegar un mensaje encriptado que se traducía sin demasiada dificultad a una realidad inapelable. El mensaje se leía así: Cualquier recital puede ser el último. Y los ricoteros se agolparon, acudieron al llamado con toda su fidelidad. El tic-tac vital les apuró la decisión a todos: los que nunca habían vivido el ritual y querían la postal para su álbum y los que nunca se habían perdido un toque aunque apremiaran la distancia y las inclemencias del tiempo. Todos, a su forma, le prometieron al Indio que iban a estar junto a él hasta el final, hasta que la muerte los separe.  

            La posibilidad del fin de los recitales del Indio encendió las alarmas de esa masa inabarcable de nostálgicos del rock de los noventa. Esos que escuchaban hablar de los Redondos con nostalgia, con esa bronca por haber nacido cinco o diez años tarde como para poder haberlos visto en vivo. Esos a los que la vuelta del Indio después de tanto tiempo sin los Redonditos de Ricota les propuso un viaje al pasado, a hacer lo que no habían podido quince años atrás. Esos que necesitan tachar de su lista de pendientes el ítem Misa Ricotera. Esos que más que ver al Indio, necesitaban haber visto al Indio. Esos que no se querían quedar por segunda vez en sus vidas lamentándose de no estar en ese lugar que se volvió un ícono de la cultura del rock argentino.

 

 

            Hoy, por primera vez, se cumple la profecía: parece cada vez más cierta la posibilidad de que Solari no toque más, al menos no por un largo tiempo, al menos no como venía tocando. Pero la muerte que terminó separando al ícono de la multitud no fue la del Indio. Fue la de unos pibes que lo fueron a ver, y se apagaron en una avalancha de gente, aplastados entre miles y miles de humanos apretados unos contra otros.

 

            La Colmena de Olavarría era gigante. Pero no alcanzó para contener a las huestes ricoteras. Sin embargo no era la primera vez que un show colapsaba. Es más: Hasta ahora ningún predio había llegado a cubrir con comodidad a las masas que una vez, cada año o año y medio, se amuchaban en algún rincón del país para ver a Carlos Solari, o por lo menos para escucharlo, o por lo menos para estar a unas cuadras de distancia del hombre de lentes oscuros. El desborde y el peligro ya casi eran parte del folclore. Unos puteaban la desconsideración y las condiciones infrahumanas, otros se llenaban de adrenalina por ver a tanta gente concentrada, con esa rara sensación de que por ese lugar estaba pasando la historia popular. La tragedia sobrevolaba en el aire como un condimento filoso y seductor.

 

 

          Con el diario del Lunes, el Indio seguramente está repasando jurisprudencia con sus letrados preferidos, mientras el pueblo argentino se aboca a su pasión de opinar y tomar posición ante los hechos de relevancia social. Con lo complicado que se pone echar culpas y sobre todo repartirlas, cuando los medios solamente confunden más y el Estado se destaca por su ausencia. Algunos, movidos por la inercia de Cromañón, defienden la inocencia de la música en las tragedias evitables. Otros, se escandalizan por la falta de organización en las medidas de prevención necesarias para el espectáculo, echándole la culpa a Solari de no garantizar la seguridad. Pero, ¿Cuáles serían las medidas de prevención que corresponden para un espectáculo de esas dimensiones? ¿Hay forma de garantizar la seguridad a trescientas mil personas empujando para tratar de acercarse a un solo escenario? ¿Existe un lugar en el país (o en el mundo) con la infraestructura necesaria para que esa cantidad de gente toda junta pueda compartir un recital en vivo? Es difícil de imaginar.

 

 

Foto Pablo Funes

 

            El Indio seguramente sigue estudiando la jurisprudencia y se va dando cuenta de que es muy complejo de asignar responsabilidades sin poder contestar esas preguntas. Pero la responsabilidad social sí se puede determinar. Esa responsabilidad que no entra en la letra muerta de las leyes, esa que parte del sentido humano de las decisiones que toman las personas cuya posición implica poder. Y desde ahí es que hacen falta explicaciones, y explicaciones claras, no versitos enigmáticos.

 

            Porque esa cantidad de personas no se juntan simplemente por la pasión ricotera. El Indio Solari no tiene más convocatoria que otras bandas, como La Renga por ejemplo. La diferencia es que La Renga recorre el país con giras, tocando varias veces al año. Entonces sus seguidores eligen la más cercana, y los recitales llevan veinte, treinta, cincuenta mil personas. La sumatoria anual del público no está muy lejana a la del Indio, pero se evita un show incalculable, donde el margen de error es de diez mil personas, donde la mitad de la gente está a cientos de metros del escenario, donde los predios se quedan siempre chicos y las tragedias son un riesgo que flota.

 

Foto Pablo Funes

 

Pero entonces, ¿Por qué el Indio Solari no hace varios recitales a lo largo y ancho del país durante el año, y descongestiona un poco a su público? Esto no se puede responder, y le corresponde a él contestarlo. Pero se puede pensar que un show cada año y medio o dos años significa mucho menos costo y trabajo que una gira extensa. Es decir, en un show gigante se maximizan las ganancias. Otra costumbre argentina es multiplicar el precio de la entrada por la cantidad de espectadores. Y si multiplicamos los ochocientos pesos del Sábado por los trescientos mil muchachos y muchachas que asistieron, o por los doscientos mil (por lo menos) que pagaron entradas, nos da un jugoso total de 160 millones de pesos. No sé cuanto puede costar el montaje y el alquiler del predio, pero en principio pareciera que el lucro es tan extraordinario como el de las empresas multinacionales que estrujan al país con el único objetivo de ganar más y gastar menos.

 

 

No es la música la que está en cuestión, es el manejo empresarial. Es la responsabilidad social del Indio Solari como empresario de espectáculos. Cuál es su participación en las decisiones que llevan a que semejante multitud se amontone hasta la muerte en Olavarría. Si tocar una vez por año, si sembrar dudas sobre su salud y sobre la continuidad de los shows son acciones inocentes o jugadas comerciales de especulación monetaria. La tragedia hoy aprieta al artista a que salga de su personaje encriptado y responda con explicaciones claras. Hay que ver si acusa recibo. Hay que ver si cambia su postura. Hay que ver si sus seguidores se ponen menos tolerantes. Mientras tanto, hay algo que no cambia nunca: los muertos los sigue poniendo el pueblo.   

 

      

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