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Nota: Constanza Soler   |  Foto: Marcos Doña
Roberto Rosas: “Puedo ayudar a pensar desde mis esculturas”.
12.03.2011 | Mendoza

El escultor mendocino recorrió su infancia, su adolescencia y su vida como un artista consagrado. Habló de sus frustraciones, sus deseos y su entrañable sueño de cambiar el mundo. Qué es el arte para el gran  artista de la provincia.

 

Silencios perpetuos y una nostalgia incontenible recorren los pasillos de la casa que guarda las obras y los pequeños detalles de la cotidianeidad del gran Roberto Rosas. Las miserias humanas que alguna vez Dante describió en la Divina Comedia se materializan en las esculturas de chapa que el artista mendocino de 72 años muestra con orgullo, pero con la timidez de los primeros años, a su público. Algo de melancolía borgeana encierran sus pequeñas y enormes estatuas que traspasan la casa de Rosas. Pero él no es un hombre de palabras más bien es un ser espiritual que opta por el lenguaje universal que ofrecen las imágenes.
 
 
 
Entrañables semejanzas con artistas de un pasado consagrado se pueden encontrar con la muestra de Rosas. El clásico Scopas se me viene a la mente. Su sentido trágico y melancólico también se puede apreciar en el escultor mendocino. Los parecidos no son casuales y es que la circularidad del tiempo borgeano se pone en  juego en todas las ramas del arte. Las mezcla, las funde, las amalgama en un punto común del que es difícil separarlas. Y él bien lo advierte: “Debe estar en los genes. El futuro ni el presente los puedo reproducir. Mi escultura siempre es en pasado”. Rosas confiesa que sin talento en sus manos probablemente hubiera optado por la antropología para descubrir los paraísos perdidos.
 
 
 
“No podría representar a un personaje actual, ni un colectivo lleno de gente. Creo que es terreno más propicio para la fotografía que para la plástica. No puedo fijar el momento o la inmediatez. Todavía me gusta leer Alfonsina Storni o Rubén Darío. Soy un romántico”, expresa el gran escultor entre los susurros del piano que suena de fondo y la espesura del silencio hogareño. Como buen romántico, es solitario y abstraído. Y teniendo en cuenta sus propios instintos, reflexiona: “Mis imágenes surgen de la soledad y no del tumulto o del bullicio. Jamás me junto a tomar un café con amigos porque no me gusta que no me escuchen. Soy un hombre solitario tengo un hijo de 34 y uno de 8 y creo que es mejor vivir separados para poder extrañar”.
 
 
 
Pequeños sueños. Roberto Rosas no es un hombre de discursos. No cree en ellos pues prefiere la acción y es a través de sus obras que expresa lo que piensa y siente. Un leitmotiv son los niños y él bien afirma: “Tengo una sensibilidad especial con los chicos. Hice series en los 70 y 76 pero retratando el espanto que vivían en aquellas épocas. Las fotos de la prensa internacional nos inspiraron a muchos. Eran dolorosísimas, vientres abultados, niños hambrientos. Luego eludí el dolor porque me hacía daño”. Esto es porque para Rosas, los niños son los únicos inocentes y por eso confiesa: “El dolor del niño me duele intensamente y me llena el inconsciente”.
 
 
 
Pero existe otro tópico que le quita el sueño: Las creencias primitivas y populares. “Soy escéptico absoluto pero respetuoso de los que creen en Dios. En mi caso, tomo símbolos en los que creo y los convierto en una escultura casi mágica”, afirma sin dudar, y vuelve a recordar: “Hice serie de niños como ángeles yendo al cielo”. ¿Cómo es eso, si no cree en él?, pregunto y contesta: “El cielo, el infierno y el paraíso son fantasías maravillosas”.
 
 
 
De pintor a escultor. Años de ensayo, décadas de búsquedas incesantes, frustraciones y desencantos marcaron el camino del escultor mendocino que en sus primeros años jugó a ser pintor. Con el tiempo, el gran Rosas asegura: “Era muy malo y no lo sabía pero realmente no tengo sensibilidad para el color”.
 
 
 
“A los 15 años pintaba pero no hacía nada interesante. Empecé a hacer esculturas a los 30 y de ahí no paré porque encontré la forma de expresarme. Improvisé pero hice cada tontería. Hay cosas que he visto después de mucho tiempo y debo reconocer que mis dibujos eran sobrios pues a la hora de incorporar el color no podía”, cuenta el artista, quien reconoce: “Creí que manejaba el color  y fue doloroso tardar diez años en darme cuenta lo contrario”.
 
 
 
 
En la tercera década de su vida, Rosas se encontró con la escultura, con el gran amor de su vida. “Me di cuenta que era lo mío porque me mareaba, lo podía rodear”. Desde entonces, el artista ha hecho más de 1.200 obras y ha vendido centenares al exterior, desde Francia hasta Brasil. “No es fácil vivir de lo que a uno le gusta. Pero hago lo que pienso no lo que me conviene a nivel del mercado”, asegura. Pese a las adversidades, Rosas tiene la convicción de hacer lo que le gusta y en el fondo sabe que perdurará en el tiempo “porque lo auténtico no se borra”,
 
 
 
 
 
 
 
Manos a la obra. La vida del joven Rosas no fue del todo plena. A los 15 años era carpintero e hijo de una familia que vivía con lo justo y lo necesario. Sin embargo, sus años de albañil lo ayudaron a encontrar su vocación. “Los escultores somos obreros ya que no basta con ser intelectual. Tenés que manejar las herramienta porque somos constructores”, detalla. El hombre del pelo blanco recuerda con facilidad el día que dejó la escuela de Bellas Artes para probar suerte en la militancia política. “En los 60 me metí a la militancia política bajo el fervor del Che Guevara y la Revolución cubana. Milité 40 años hasta que se me vinieron abajo muchas ilusiones  porque no seguimos el camino correcto. Es muy difícil conducir un camino social, es muy complejo cambiar el sistema”, expresa sin titubear.
 
 
 
¿Cómo ayudar entonces?; “Desde la escultura”,  dice Rosas. ”Puedo ayudar a pensar desde la escultura no es que mis obras sean políticas pero hablo desde mis obras .Me metí en un mundo hermoso, el de la civilización y hay mucho que contar ahí”.
 
 
 
Si bien no cree en el discurso porque es un hombre de acción, Rosas sabe que la escultura es un lenguaje universal a través del cual desafía al tiempo. Su mirada del arte es muy guerrera: “Venimos a retratar la realidad y a marcar las injusticias”, reafirma. “Siempre me dirijo al ser humano pues el arte es una actividad muy involucrada y sino es una pieza de decoración”.
 
 
 
 
 
En este animo de activismo, el artista mendocino cuenta la anécdota de  El Guernica de Pablo Picasso que dice algo así: “Con la invasión alemana a Polonia y dando comienzo a lo que sería la Segunda Guerra Mundial el Guernica entre otras cosas se convirtió en una clara representación de marcadísima propaganda negativa para el régimen Hitlerista que se fue expandiendo en todo el mundo. Esta situación que iba tornando cada vez mas negativa a la causa del nuevo régimen fue ocasionando un enorme fastidio y malestar especialmente a Hitler a punto tal que tanto Picasso como su reciente obra eran buscados afanosamente por las fuerzas represivas alemanas como la Gestapo y la mismísima SS .Con la caída de Paris y la ocupación alemana en Francia las tareas de persecución y búsqueda se intensificaron hasta que al final lograron la captura del artista y su obra. Cuando lo tuvieron frente al Guernica la Gestapo le preguntó con tono inquirente y sumamente amenazante ¿usted hizo esto? señalando la obra. La anécdota dice que Picasso sin alterarse y con la naturalidad para casos extremos que lo caracterizaba les respondió: ¿yo?, ¡no, ustedes lo han hecho!.
 
 
 
Con los ojos llenos de lágrimas, Rosas asegura: “Si es verdad, que maravilla, que coraje… eso es lo que yo llamo un verdadero artista, eso es lo que en el fondo siempre quise ser yo!.