Nota: Emilia Gil Villegas   |  Foto: MuchaMerd
La magia del Teatro Negro se lució en Mendoza
16.05.2011 | Teatro Plaza, Godoy Cruz.
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El Teatro Negro de Praga pasó nuevamente por nuestra provincia presentando Las aventuras de Fausto. Una vez más, el grupo de artistas checos deslumbró al público en el Teatro Plaza de Godoy Cruz.

 

Esta ha sido una de las creaciones más exitosas del Teatro Negro, nutrida, a su vez, de las experiencias de producciones anteriores: Sueños, El universo mágico y El concierto en luz negra.

 

La compañía es reconocida en el mundo entero por ser pionera en la utilización de la técnica denominada cámara negra, motivo que la ha llevado a posicionarse como uno de los referentes del ámbito teatral, gracias a una puesta en escena muy particular que invita al ser humano a sumergirse en la fantasía sin necesidad de expresarse con la oralidad.

 

Como es habitual en los espectáculos de este grupo, los guiones van avanzando movidos por el siempre discutido tema humano del poder, la riqueza y el amor. Las aventuras de Fausto está inspirada en la clásica leyendade Fausto, un hombre que, buscando su plena sabiduría, termina por vender el alma al Diablo. Este mito se origina en la tradición oral pero ha sido miles de veces representado y retomado por grandes escritores.

 

El protagonista de la historia es un pescador cansado de su trabajo y de la vida que lleva. Un día, luego de haber trabajado duro y no haber conseguido más que una insignificante pesca, llega a su casa y su esposa Margareta lo deja en la calle. Evitando la discusión con su mujer sube a su barca y decide recorrer el lago en el que navega diariamente.

 

A partir de entonces Fausto va viviendo situaciones extravagantes, extrañas. Una tormenta lo hace aparecer en una isla habitada por criaturas sorprendentes: mariposas gigantes, dinosaurios, lagartos exóticos. Sorprendentemente el pescador regresa al mundo de hoy, donde lo vemos bailar tango y flamenco con mujeres bellísimas. Motivado por los más oscuros deseos internos, se siente claramente atraído por sus parejas de baile. Repentinamente una de ellas se transforma en el Diablo, quien había escenificado y protagonizado todas sus aventuras desde el inicio, pero ahora se muestra con una intención manifiesta: lo secuestra y lo lleva al Infierno.

 

El hombre, anhelando riquezas y una juventud eterna decide acompañar al Diablo en ese viaje prometedor, sin intuir que la criatura lo está conduciendo al Infierno. En ese camino hacia las profundidades va recorriendo distintos lugares del mundo, transitando continentes con culturas disímiles. Este viaje no tiene otro propósito más que ser castigado por haber recorrido un camino pecaminoso. Aquí será condenado y juzgado por haberse rendido a motivaciones impuras.

 

El personaje, sin embargo, no parece actuar con intenciones puramente dañinas. Conlleva una cierta ingenuidad (más cercana a la bobería que a la bondad) que dirige su accionar casi irracionalmente. Pasional, espontáneo y con una gran picardía, este pescador aburrido y agotado de su vida cae en las manos del Diablo, quien le recordará lo más degradante de su personalidad.

 

El Fausto, de este modo, parece arrepentirse de sus indecencias. Este arrepentimiento es producto de la culpa siempre direccionada por aquella moral que nos va determinando lo que es bueno y lo que es malo. Esa culpa con un alto contenido religioso es lo que, en definitiva lo “salva” del Infierno, lo redime y lo rescata de ese lado oscuro y sucio de la conciencia.

 

Por momentos la historia pareciera no contener un hilo conductor claro. Se vuelve confusa. El Fausto va y viene a mundos opuestos y extravagantes que trasladan al espectador de escenario en forma casi permanente. Muchas escenas no contienen una relación directa con la historia, sino que están ahí por una cuestión meramente estética, no funcional.

 

Pero esto es el Teatro Negro, aprovechar esa técnica impresionante de luces que le da vida propia a los objetos delante del telón negro. Todo lo que aparece sobre el escenario aparenta estar cargado de magia. Los objetos tienen movilidad propia. Y este “truco” con actores vestidos de negro imperceptibles para el ojo humano, no es una finalidad para el Teatro Negro, sino un instrumento para lograr una metáfora escénica y mímica, que se concreta perfectamente gracias a un ritmo organizado musicalmente. Los objetos y los actores son inspirados por la música que traslada al espectador a una impactante atmósfera de fantasías en la que sólo las emociones, los simbolismos y las sensaciones tienen lugar. Así, el público termina creando y se escapa de su rol pasivo para pasar a ser otro protagonista.