Nota: Ximena Da Costa   |  Foto: Martín Pravata
Sueño que sueño que estoy soñando
30.07.2018 | Nave Cultural
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Un día de sol de las vacaciones de invierno fuimos con mi hija de 5 años a ver ‘Alicia en el país de las maravillas’, interpretada por el Ballet de la Universidad Nacional de Cuyo (dirigido por Marisa Manyegüi) más bailarines contratades para la ocasión. Creada, coreografiada y dirigida por el maestro y régisseur Alejandro Cervera para el Teatro Colón en 2013, con escenografía también de Cervera y vestuarios de Mini Zuccheri sobre bocetos de Horacio Pigozzi.

Muy chulo todo, todo muy cuidado. Y para les niñes, comprobado empíricamente, funciona.

 

A Cervera lo conocí hace años, personalmente, hermanas Fusari mediante; inolvidable su sapiencia integrada de oficio, high culture, música y una visión/acción sobre lo artístico que tiene mucho que ver con la intuición, lo que diferencia a un artista mediocre de un gran. Sí, lo admiro de antes. Y si a veces vale la pena traer gente de ‘afuera’, éste es un caso.

 

El ballet estuvo muy bien. El papel principal a cargo de Cecilia ‘Pocha’ Vázquez, impecable en técnica y carácter. Un luji. El resto de los roles centrales también, porque además muy bien elegidos los physiques du role en general, una de las cuestiones en que se ve indiscutidamente el ojo experto de la dirección.

 

 

La situación tuvo lugar en la Sala Chalo Tulián de la Nave Universitaria, que no es la sala de un suntuoso teatro de gala, es más bien un teatro sobrio y ‘moderno’, que invita un poco a actualizar lo que suceda dentro. Lo digo en este sentido: a veces en el pago se tiende en vano a lo ‘historicista’ (digamoslé) cuando las condiciones edilicias o presupuestarias claramente no dan, y el resultado suele ser triste. En este caso la escenografía estuvo muy adecuada; llenó el espacio, que no es muy grande, sin saturarlo. La utilería, regia. Todo lo que quiero decir es que no hubo árboles de gomaespuma ni lienzos penosamente pintados. Ja. Hubo objetos amables, colores y sorpresas simpáticas.

 

‘Alicia en el país de las maravillas’ no es una obra de ‘repertorio’, es una creación original de Cervera y como tal tiene su sello: por momentos está más cerca del lenguaje de la danza contemporánea que de las formas tradicionales del ballet. ¿Neoclásico podríamos decir? Qué antiguo decir neoclásico. En fin, el hecho es que la distribución espacial, la calidad y narrativa del movimiento, las combinaciones entre los cuerpos, los elementos y el sonido… la danza bah… no son otra cosa que el mundo de su autor hecho visual, autor cuya trayectoria se levanta sobre las húmedas y fértiles pampas de la danza contemporánea argentina.

 

 

Lo interesante es que Cervera recibe la obra original, aquél mítico libro realmente maravilloso, realmente lisérgico, y no se sustrae a la literalidad de la historia y los personajes, sino que capta una esencia de ese libro. Y la juega: pues si Alicia sueña, él se siente invitado también a soñar para recursivamente plasmar sus propias fantasías oníricas allí (ésta es la originalidad de lo que vimos, por si alguien aún conserva el fetiche sobre la originalidad). Y ahí vamos, hacia la ruptura de la lógica y de la linealidad causal de lo real, hacia las posibilidades caprichosas que guarda la imaginación.

 

La música nos pasea todo el tiempo en una selección preciosa y ecléctica: el barroco convive con lo español, una música de profundas percusiones nos toma por asalto y, de repente, una milonga. Toda esta yuxtaposición de piezas se hilvana por obra de un actor que relata (Jorge Tixeira), el único que tiene voz y que puede así poner palabras a la historia.

 

Las cartas de corazones ofician al principio de bufones, hacen reír a las criaturas traspasando el sagrado telón, serpenteando por entre las butacas y los pasillos y rompiendo desde el inicio la famosa ‘cuarta pared’. Más tarde una horda de intérpretes vestidos de gatos jazzeros entran desde el lado opuesto al escenario, desfilando también por entre los pasillos y el público. Al final, como es usanza del teatro denominado infantil, tanto Alicia como los personajes más destacados posan con les niñes para las fotos que inmortalizarán ese momento desde un celular. La obra nos inunda y nos sumerge en ella, literal casi.

 

 

Vimos encantadas a varones con tutú haciendo de pajaritos y dibujando movimientos que citan a pájaros célebres de la historia de la danza como podrían ser… los cisnes!, vimos a una Reina de Corazones lookeada a lo drag queen. Nada nuevo, por supuesto, pero en contraste con tanto tapado de piel y joyas de alcurnia campeando con aires de inmortalidad, nunca deja de ser placentero y novedoso ver una vez más en la escena local resquebrajarse el tradicional binarismo del ballet. Una oruga espléndida en chifón azul, de revista, baila Fosse y fuma en boquilla. El conejo, el ratón. La hora del té, el Sombrero, el tiempo… los números del reloj hacen una danza lineal que recuerda las danzas abstractas norteamericanas de la segunda mitad del siglo pasado. Los flamencos (los palos de cricket, ¿se acuerdan?) bailan… flamenco! Alicia en medio zapatea, enrosca sus muñecas y eleva las rodillas haciendo pliegues de su vestidito blanco.

 

Que le corten la cabeza. Entonces Alicia despierta: era un sueño.

 

 

Los personajes se juntan todos, saludan, bailan, vuelven a saludar, bailando. Entran les directores. Una vez, otra vez, vuelven a bailar, vuelven a saludar. Entonces termina el espectáculo, pero no termina nunca, como en esos sueños en que una sueña que sueña y se despierta, pero sigue soñando. Sueño que sueño que estoy soñando, dice una letra de Intoxicados.

Mágico.

 

 

La obra me gustó mucho, excepto por un par de cosas. A saber:

El personaje que ralata por momentos adquiere ribetes del nunca bien ponderado capocómico argentino. Y no, 2018, explosión feminista, no va más el capocómico. Un tipo de cincuenta, sesenta tal vez, queda boquiabierto y paralizado por una oruga de veintipí que baila para él. ¿Por qué la oruga no seduce a Alicia? ¿Muy lesbiano? Acaso las niñas no mueren por las fokin princesas de Disney, no quedan extasiadas por alguna pagana heroína que encuentran por ahí, no se deleitan en los modos de sus primas más grandes o de las sonrientes vecinas?.

 

Más tarde, a la hora del té, el relator dice que a la mesa se sirve: ‘Carrrrne argentinaaaaa!’ Y así se abre paso a una milonga en la que las damas (no los caballeros) visten animal print de vaca. Bien. La analogía entre la carne de res (cadáver de una presa comestible, recordar) y el cuerpo de las mujeres es una lamentable parte de nuestra patria(rcal) tradición, llevada tal vez al paroxismo en la película ‘Carne’ de Armando Bo, protagonizada por Isabel Sarli. Pensamos que no hace falta continuar en la reproducción de esa idea violenta y desubjetivizante. Ya no. Ya no más. Nos incomoda y nos da bronca que nuestras hijas tengan que ver en materia de espectáculos lo mismo que nosotras veíamos en la tele cuando niñas. Aun en los programas infantiles lo veíamos: allí era todo muy naif, pero siempre-siempre había un guiño lascivo a papá (o dos guiños o mil guiños), en el afán de reforzar y mantener vigente el mítico y odiador macho argentino que usurpa cada mente.

 

 

Bueno, ahora que las mujeres también descubrimos que había un closet del cual salir y salimos en masa, somos de hecho un público a tener en cuenta. Y como no se trata de que les no-mujeres entiendan per se qué es lo que no toleramos más de una cultura porque nos daña, como no se trata de ‘deconstrucciones’ cristianas y solipsistas, es que, con todo respeto pero en la contundencia de los límites que vinimos a poner, es casi un deber señalar todo esto. Porque la tarea es nuestra.

 

Para que la crítica sea un fruto y no un veneno. Para que primero de a poco y hasta que un día de imprevisto sea una avalancha de gente sin edad, sin clase social, sin género ni raza la que ingrese, la que baile y la que especte en los teatros de mi país. 

 

Por lo demás, muy agradecida como siempre.