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Nota: Gisella Ferraro desde ( Rennes, Francia )
| Foto: Gauche à Droite
Una escenografía que grita y actuaciones que se dan vuelta
21.02.2012 | Rennes, Francia
Contractionsera sonido, se trataba de una obra de teatro para radio transmitida por los parlantes de la BBC Radio 4 en noviembre de 2007. Luego, el mismo autor, el inglés Mike Bartlett, la adaptó para el Royal Court en 2008 y hoy el es imagen, una interesante diversidad de imágenes que se despliegan en distintas versiones de puesta en escena por el mundo.
La particular puesta en escena acompaña la evolución de los personajes en una trama circular que vuelve a marcar, desde esa estructura, la atmósfera de opresión que se respira en la historia. Veamos, entonces, cómo se forma ese círculo estructural desde el espacio escenográfico y el modo en que se representa la situación.
Se abre el telón y frente a nuestros ojos hay dos grandes escritorios dispuestos en T, un dispenser de agua de un costado y un fichero del otro. Con pocos elementos la imagen-empresa queda armada de una manera realista. Pero en el lateral derecho de la escena hay una cámara y en el fondo una gran pantalla con la vida privada de Emma, la empleada, al descubierto desde su perfil de Facebook. Son los primeros detalles de una puesta que pretende significar mediante elementos concretos, significados más abarcadores.
Entonces la cámara es un elemento que se utiliza en escena por lo que es la base del recurso audiovisual pero, al relacionarse con la trama, trasciende su condición de objeto y también es símbolo del control extremo que la máquina empresarial ejerce sobre sus trabajadores. Son 3 ó 4 las cámaras que toman a los personajes desde distintos ángulos pero sólo podemos ver una, la que es manipulada rutinariamente escena tras escena por La Responsable para capturar el rostro de Emma en el momento que responde a su interrogatorio. El resultado es una exageración gestual que se despliega para toda la sala en la gran pantalla.
Las otras cámaras, invisibles en cualquier parte de la sala, ilustran con sus reflejos impactantes el devenir de la historia en escena. Emma es casi siempre el objetivo y así la vemos recostada sobre el escritorio desde un plano cenital o desde detrás del dispenser que por su contenido y el efecto de distorsión que provoca sobre la imagen del rostro de Emma, ya es otro símbolo de la puesta de encierro y opresión.
El resto de la escenografía también va adquiriendo usos que escapan a una puesta realista. Así el gran escritorio es una pasarela, donde el poder se erige bien alto en el cuerpo de La Responsable. Luego, se convierte en un hueco con agua y con la ayuda del recurso visual que lo muestra desde arriba y le altera sus colores, en fosa.
Hacia el final, la escenografía vuelve a su estado realista. Es la misma gran oficina del comienzo pero una vez develadas todas las intenciones que esconde en sus tramoyas, ya no se deja ver con los mismos ojos. La empresa es la tumba a la libertad y al amor de Emma aunque siga teniendo cara de empresa.
Desde las actuaciones también se irá marcando esa línea progresiva que va desde el naturalismo al simbolismo y se dobla en un círculo extraño donde principio y fin se tocan sólo desde sus apariencias.
En un comienzo las interpretaciones parecieran ser naturalistas pero por su rigidez extrema rozan el estereotipo caricaturesco de personajes opuestos y antagónicos. En los gestos queda marcada la desigualdad de poder, La Responsable por encima de la empleada.
Luego esta mímica exagerada da paso a un simbolismo extremo donde queda anulado todo movimiento. La encargada sobre el escritorio, mira hacia el frente y en voz neutral repite la pregunta que marca cada comienzo de escena, “¿Todo bien, Emma?” para comenzar a urgar desde su vida laboral en su vida personal. La empleada, responde desde el suelo, parada de frente al auditorio ya sin nervios de por medio. La cosa comienza a volverse automática, si ya desde el comienzo no había silencios entre las intervenciones y las respuestas se daban casi sin ser pensadas (por miedo tal vez a revelar la verdad), ahora el diálogo es aún más rápido.
Después de este despojo de sentimientos, el otro extremo. La Responsable no sólo ahonda ahora en la vida personal de Emma sino que toma decisiones al respecto. Aquí comienza un juego de especulaciones interesantes entre las demandas y sus respuestas donde el silencio crece y las actuaciones salen de su hermetismo para rozar el melodrama.
Ahí está Emma tirada en el suelo, rogando por su vida, con el peso del control empresarial sobre su cuerpo desnudo y ahí está La Responsable, deshaciéndose en muecas de indiferencia implacable, de poder supremo.
Antes del final, un nuevo punto límite. Emma adentro del hueco lleno de agua, ya loca, con su dolor materializado en un pequeño cajón sobre el escritorio. El plano cenital que la toma desde arriba, nos traduce en la pantalla la misma imagen de la Ofelia de Shakespeare pero por efectos de edición el agua es tierra y entonces el río en el que yace es su propia tumba.
La obra se cierra con actuaciones que vuelven de alguna manera a su estado primero pero esta vez los prototipos que devienen de la interpretación realista dejan ver sus grietas entre su artificio. Nos queda así la sensación de sentimientos que se esconden y se silencian con frialdad empresarial para una y pastillas recetadas para otra.
En conclusión, la puesta en escena de Malanie Leray para la obra de Mike Bartlett es un todo homogéneo que evoluciona a la par de la historia a la vez que acentúa sus momentos cumbres. Desde una actuación y una puesta en general estructurada sobre la dialéctica realismo – simbolismo – realismo, queda expuesto el mensaje más profundo del argumento. Una empresa es el símbolo de todas las empresas y de la gran máquina mercantil y desde ahí Bartlett cuestiona el lugar y la condición de la clase trabajadora en este juego. La respuesta es clara, por debajo de las jerarquías y sin libertades reales en un mundo controlado por el consumo y el dinero.
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La versión que arribó al Teatro Nacional de la Bretaña (TNB) y que la ciudad de Rennes pudo ver estuvo a cargo de Melanie Leray. Minimalista, funcional y hasta gélida, la escenografía complementa a cada paso el argumento de la obra. Se trata de dos mujeres enfrentadas desde sus puestos de trabajo de una gran empresa de estos tiempos: la responsable y la empleada. Sobre ellas, la gran máquina de poder y sus mecanismos de control.
En este momento, el escritorio concentra la tensión en su parte posterior donde Emma se sumerge en el hueco con agua y La Responsable toma la botella de leche, que desde el principio estuvo sobre la mesa, y la vierte en otro extremo. Un objeto más de la puesta que hace su paso definitivo al simbolismo. La leche derramada es la maternidad muerta, misma pena por la que la empleada quiere ahogarse del otro lado del escritorio/ hueco.








