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Nota: Mauro Sturman   |  Foto: Medios
Se fue el hombre que encendió un mar de fueguitos
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A los 74 años, falleció Eduardo Galeano, el escritor que supo retratar la profundidad del ser humano con la sensibilidad y la simpleza que solo poseen los talentosos. 

 

 

“Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.

A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.

No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.”

 

“Un mar de fueguitos”, el texto con el que comienza esta nota, se ha convertido con el paso del tiempo en uno de los relatos más leídos y compartidos de Galeano en todo el mundo. La elección, tomada tanto por los asiduos lectores del uruguayo como por aquellos que alguna vez tuvieron la dicha de encontrarse con el relato en el vertiginoso universo de la web, no es fortuita. La historia del colombiano que pudo subir al cielo y nos miró desde arriba, es la manifestación más acabada de lo que significó el paso de Eduardo por la tierra.

 

Galeano fue, a mi entender, uno de los escritores más sensibles que hayan existido; un tipo al que me hubiese gustado abrazar antes de que se fuera. Comprometido, directo, humilde, grandioso, incomprable. Defensor por convicción de las causas justas, amante como pocos de nuestro continente y retratista de sueños imposibles. Un tipo que convirtió en best seller el saqueo y el sometimiento de América a manos de las coronas europeas.

 

Galeano fue la puerta de entrada al universo de la lectura para miles de personas. Ese es el legado más extraordinario que un escritor puede dejarle a la humanidad.

 

Alguna vez, escuché decir que su prosa no tenía la belleza que se le reconoce a Borges o la complejidad de los relatos de Cortázar y que, por ese motivo, el uruguayo debía ser considerado un escritor popular y nada más. Vaya estupidez. Se necesita  un enorme talento para emocionar al lector en dos párrafos o trasladarlo sin visas ni permisos a los lugares más recónditos de su pensamiento.

 

Galeano fue el aroma a café en invierno. Fue contemplar el mar, con el sol escondiéndose allá a lo lejos; fue el primer beso para muchos y el más hermoso para otros. Fue el abrazo de un amigo; la comida de mamá, la esperanza de los humildes, un viaje a dedo por el mundo; una bocanada de aire fresco entre tanta hipocresía, la forma más hermosa de irse a dormir. Fue creer que no todo es tan malo como creemos y que en lo simple está lo más hermoso de la vida.

 

Fue capaz de encendernos.